"En medio del océano para el cual no tenemos ni barca ni velas, la humanidad se ha establecido en la ciencia. La ciencia es un témpano flotante. Es sólido, dicen los hombres prácticos, dando con el pie; y en efecto, es sólido, y se afirma y se ensancha más cada día. Pero por todos sus lados se encuentra el agua; y si se ahonda bien en cualquier parte, se encuentra el agua; y si se analiza cualquier trozo del témpano mismo, resulta hecho de la misma agua del océano para el cual no hay ni barca ni velas. La ciencia es metafísica solidificada"
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Comentario: Ya lo decía Kant, los análisis que hacemos de fenómenos externos no son sino proyecciones internas de nuestra propia sensibilidad. Nada de lo que percibimos en el espacio es una cosa en sí, son percepciones nuestras, somos nosotros mismos. La realidad nos resulta inalcanzable, una completa desconocida. Nosotros simplemente hacemos representaciones de ella, nos la figuramos.
Así que las leyes de la Naturaleza, es decir, la ciencia, serían figuraciones de algo que no podemos abarcar, que es la Naturaleza. De esas limitaciones son de las que habla Vaz Ferreira, este interesante escritor y filósofo que presenta a la lógica, y a las sistematizaciones y clasificaciones que conlleva, como un intento por hacer más manejable una realidad que nos supera, sin que por ello deje la ciencia de estar limitada y de ser un “témpano flotante” formado por nuestra subjetividad y por nuestro instinto desesperado por no ahogarnos en el agua inestable.
Faltaría en ese océano del fragmento de “Fermentario” la alusión a la filosofía y la forma que tomaría este saber, puesto que la filosofía tiene la virtud de reconocer el valor de la ciencia y de comprender al mismo tiempo nuestras limitaciones.
Siguiendo con la metáfora del mar, que simbolizaría el conocimiento, me llama la atención lo bien que este símbolo explica cómo profundizar en el conocimiento es como sumergirse en el mar, cuanto más se avanza más borroso es el conocimiento y más hay que acudir a la abstracción, llegándose así a unas conclusiones en las que irremediablemente se pierde precisión y concreción.
Y seguramente por eso buscamos con tanto ahínco la precisión de la ciencia. El problema del positivismo, o de creer en la ciencia por encima de todas las cosas, es que te puede llevar a enfrentarte con variables o con problemas que realmente no existen. Este es el peligro, irónico peligro, sobre el que quiere alertarnos la teoría vazferreriana, para que nos ocupemos de lo vivo, de lo inmediato, y no de complejas hipótesis y esquematizaciones que no llevan a ninguna parte.
Otro handicap con el que tiene que apechugar el método científico es el factor humano, con el que chocan todos los estudios serios sobre la sociedad y el individuo. Pues no son precisamente estables las reacciones humanas, por mucho que se traten de verificar a través de la experiencia. Y es que la experiencia y el pasado, en el caso del ser humano, no funcionan como valores absolutos.
¿Qué nos queda? Disfrutar del baño. Y echarle corazón a ese témpano flotante, tal como hacen los grandes científicos. Que las humanidades y las ciencias están hermanadas por el mismo desamparo y por el mismo océano. Y que siempre nos quedará nuestro París particular y, como reza el epitafio de Kant, “el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.
Así que las leyes de la Naturaleza, es decir, la ciencia, serían figuraciones de algo que no podemos abarcar, que es la Naturaleza. De esas limitaciones son de las que habla Vaz Ferreira, este interesante escritor y filósofo que presenta a la lógica, y a las sistematizaciones y clasificaciones que conlleva, como un intento por hacer más manejable una realidad que nos supera, sin que por ello deje la ciencia de estar limitada y de ser un “témpano flotante” formado por nuestra subjetividad y por nuestro instinto desesperado por no ahogarnos en el agua inestable.
Faltaría en ese océano del fragmento de “Fermentario” la alusión a la filosofía y la forma que tomaría este saber, puesto que la filosofía tiene la virtud de reconocer el valor de la ciencia y de comprender al mismo tiempo nuestras limitaciones.
Siguiendo con la metáfora del mar, que simbolizaría el conocimiento, me llama la atención lo bien que este símbolo explica cómo profundizar en el conocimiento es como sumergirse en el mar, cuanto más se avanza más borroso es el conocimiento y más hay que acudir a la abstracción, llegándose así a unas conclusiones en las que irremediablemente se pierde precisión y concreción.
Y seguramente por eso buscamos con tanto ahínco la precisión de la ciencia. El problema del positivismo, o de creer en la ciencia por encima de todas las cosas, es que te puede llevar a enfrentarte con variables o con problemas que realmente no existen. Este es el peligro, irónico peligro, sobre el que quiere alertarnos la teoría vazferreriana, para que nos ocupemos de lo vivo, de lo inmediato, y no de complejas hipótesis y esquematizaciones que no llevan a ninguna parte.
Otro handicap con el que tiene que apechugar el método científico es el factor humano, con el que chocan todos los estudios serios sobre la sociedad y el individuo. Pues no son precisamente estables las reacciones humanas, por mucho que se traten de verificar a través de la experiencia. Y es que la experiencia y el pasado, en el caso del ser humano, no funcionan como valores absolutos.
¿Qué nos queda? Disfrutar del baño. Y echarle corazón a ese témpano flotante, tal como hacen los grandes científicos. Que las humanidades y las ciencias están hermanadas por el mismo desamparo y por el mismo océano. Y que siempre nos quedará nuestro París particular y, como reza el epitafio de Kant, “el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.