sábado, 28 de febrero de 2009

Me importa un pito, de Oliverio Girondo (Narrado)


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Comentario: Este poema contenido en el libro “Espantapájaros” es con el que arranca la película “El lado oscuro del corazón” y el que a mi parecer mejor la representa. Y es que, ¿quién no busca un amor que le haga volar? Por encima incluso de la belleza física, tal como dicen sus versos, ¿o no es así? Quiero decir, no tiene por qué ir por separado, pero si hay que elegir está claro que efectivamente no hay nada como hacer el amor estando en una nube. Otra cosa es que la gente necesite de la belleza física en su pareja para que le broten las alas, o al menos de cierto grado de atractivos físicos. Por otro lado, considero un handicap condicionar el vuelo a ese requisito cuando en otros aspectos posiblemente más importantes para nuestra esencia se nos haga sentir colmados y plenos. ¿Qué opináis vosotros? ¿Os sentís preparados para dar prioridad a lo importante? ¿En qué consiste el deseo? Recuerdo que en la película el protagonista llega a un orgasmo azul con una ciega. ¿Tiene que ver el hecho de que el otro o la otra no vea o no se quede en nuestra apariencia para que nosotros mismos podamos ver más allá? Nosotros los hombres hemos basado nuestra excitación en la vista mucho más de lo que lo hacéis las mujeres. Y según tengo entendido esas formas que normalmente buscamos, como los pechos grandes o las caderas anchas, tienen que ver con nuestro instinto de procreación y con lo apto que percibimos el físico de la mujer para dar a luz y criar un hijo. Del mismo modo, intuimos, que la mujer que pone trabas al desarrollo de su cuerpo, como ocurre en el caso extremo de las enfermas de anorexia, lo que está es poniendo trabas a su propio desarrollo como mujer hacia la edad madura, entendiendo madurez como el estado óptimo en el que plantar la semilla. O sea, y resumiendo, hay que ser consciente de lo que realmente buscamos así como de dónde vienen nuestras preferencias físicas. Todo con tal de aprender a volar lo más alto posible y de que no se nos despeguen luego las alas como a Ícaro.

Que tengan ustedes un feliz vuelo.

sábado, 21 de febrero de 2009

La ausencia

El segundo día que Abel Soca volvió a la oficina con la excusa de unos expedientes, su jefe tuvo la delicadeza de elegir el despacho como lugar para recordarle que las vacaciones son obligatorias y que no quería problemas con una eventual inspección de trabajo. Por eso, cuando Abel Soca bajó del autobús al día siguiente, no entró en el edificio, y se volvió a casa. Allí miró el reloj y se dijo “Ya son las diez, quedan doce horas para las diez”, y así lo mismo a cada momento que le acercaba a la hora de acostarse. Entretanto bajó a la calle para hacer la compra, aunque luego hubo de dejarla fuera de la nevera porque no cabía. También subió cuatro periódicos deportivos. Cuando terminó de leer la última palabra del último de ellos, poco faltaba ya para las diez. Pero en realidad aún no era la hora cuando, después de cumplir con toda la rutina que seguía para acostarse, ya se hallaba dentro de la cama.

Al principio pensó que era la falta de actividad, pero cuando al abrir los ojos el sudor acumulado en las pestañas se los empañó, decidió que era el calor el que le impedía conciliar el sueño. Se desnudó, pasó al baño y en un lado de la bañera acomodó su almohada mientras en el otro se recogió las piernas para caber a lo largo. Poco después fue al dolor de huesos a lo que atribuyó su vigilia, y levantado en pie fue cuando le asaltó una preocupación: Estaba seguro de haberse dejado alguien afuera. Rápidamente volvió a la habitación a mirar la pantalla del móvil; no había llamadas. Quizás todavía esperaba en la puerta a que le abriera, así que corrió a pegar su ojo a la mirilla, pero no vio a nadie. Tras unas vueltas en círculo dio con la solución, no podía ser otra; Seguro que ese alguien había entrado en la casa de al lado por equivocación. Entonces Abel Soca salió, desnudo como estaba, y parado ante la puerta vecina se pasó una mano por el pelo, y apretó el timbre.


© Ricardo Guadalupe

sábado, 7 de febrero de 2009

Fronte

Un golpe de aire caliente fue lo que empujó a la papeleta de una tómbola a través del polvo levantado por el gentío, llevándola más allá de los puestos de bisutería, lejos del ruido de las casetas de tiro al blanco y del centelleo de la luminaria. Sólo la rueda de un carromato consiguió atraparla. Era el carromato de Fronte, el caballo de un circo itinerante apagado, arrinconado por montañas rusas y barcos vikingos. Entonces un relincho anticipó una serie de embestidas que hicieron temblar las paredes del carromato, hasta acabar la puerta echada abajo y asomar por ella la crin blanca del viejo Fronte. Y no se frenó ahí, su paso fue directo hacia el escenario, pronto se encontró trotando en círculo ante las gradas vacías, algo que no impidió que se animara elevando aún más sus bufidos a cada vuelta que daba a la pista, como recordando tiempos mejores. Al cabo galopaba de un modo que su avance se confundía con la estela que dejaba su propio lomo. Tal velocidad provocó que los objetos de su alrededor comenzaran a vibrar y desplazarse en idéntica trayectoria circular. Poco después se sumaron a esa inercia tornillos que a su vez liberaron sillas que también fueron arrastradas. Trampolines, diábolos y redes cedían igualmente a medida que el impulso emanado de Fronte les alcanzaba. Todo giraba en torno a él. Narices de payaso y aros se adelantaban unos a otros, mientras que el cuerpo de Fronte no era visible ya sino como una sombra en carrera que daba forma a un gran anillo blanco. En ese momento la arena se elevó y tras ella lo demás. Incluso las jaulas se despegaron del suelo y a pocos metros por encima era un trapecio el que volaba en derredor. A continuación los cascos de Fronte se fueron hundiendo en un surco a cada pisada más profundo, y por ahí le siguió aquello cuanto le rodeaba. Todo parecía bajar por un embudo hasta ser engullido por el surco. Únicamente la carpa se le atragantó y quedó en la superficie, tendida con sus franjas de colores.


© Ricardo Guadalupe