sábado, 25 de abril de 2009

Es Ravellar


Dicen que hay un lugar donde Sancho ve gigantes y no molinos, dicen incluso que cuando era todavía una ciudad invisible, se lograron allí derretir los relojes, tal como imaginó Dalí. Y así, con el tiempo fundido, brotaron de sus pozos subterráneos manantiales que en su correr formaron cascadas de tinta de versos aún por escribirse. Sobre tales aguas navega un mirador de pintura de barco, cargado de seres mitológicos. Desde ahí saltan a las diferentes islas de creación; Así, Penélope teje un manto que, al desplegar, fija la mirada eterna de decenas de emperadores romanos en piedra. El minotauro descarga un frente de piedra marés traído desde el laberinto, y cuya sombra proyecta en el suelo figuras imposibles. Las sirenas rizan los estanques y con sus cantos hacen caer a las estrellas para alumbrar la noche con luz de agua. Y entre todos ellos, pasea un quijote llamado Roberto que tiene el poder de al mirarte, convertirte en realidad.


© Ricardo Guadalupe
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Comentario: Hoy llegué a las Baleares para pasar unos días, unas tierras de donde provienen muchos de mis mejores recuerdos. Entre ellos, y en un lugar destacado, está Es Ravellar, un espacio único, un prodigio del paisajismo en el que tuve la enorme fortuna de estar alojado. Allí, un mecenas de las artes, un creador llamado Roberto, fusiona arquitectura, escultura, iconografía, mitología, pintura y un sinfín de disciplinas y lenguajes todos ellos integrados en la naturaleza y exaltando aún más si cabe la belleza natural de la biodiversidad que contiene Es Ravellar.

Su admirado Ian Hamilton estaría muy orgulloso, puesto que fue el jardín Little Sparta, joya del paisajismo mundial y obra cumbre de este poeta escocés, lo que inspiró a Roberto para crear Es Ravellar. Y lo hizo desde el principio abriendo las puertas de Es Ravellar a artistas a los que financia, aloja y paga por aquellas expresiones artísticas que tienen como lugar de inspiración y de destino ese conjunto integrador de lo divino y de lo humano que es Es Ravellar.

Al estar allí y ver aquello no pude por menos que escribir el texto de la entrada de hoy, dedicado a Roberto y a todos los que creen en los sueños.

viernes, 17 de abril de 2009

Ituina

Mi padre me pidió como último deseo volver a ver Ituina. Poco podía ver ya pues apenas veía sombras, pero yo alquilé una avioneta. Le dije que atravesaríamos el océano para sobrevolar su pueblo natal. Nunca olvidaré el momento en que le anuncié que aquéllas luces eran Ituina. Su mirada era la misma con la que un día antes le había sorprendido ante un papel viejo; aquel papel en el que escribí yo de niño mi primer cuentito. No importaba que ya no lo pudiera leer, tampoco que aquellas luces no fueran Ituina. Lo importante es que mi padre bajó del avión habiendo cumplido hasta su último deseo.


© Ricardo Guadalupe

Vasos no comunicantes

Bajando del autobús se me cruzó por delante y ni siquiera me vio. Tampoco llamarle frenó su paso marcial, quizá debido al móvil por el que iba soltando monosílabos. Fui tras él, pero sin llegar a alcanzarle. Observé su maletín, cuya base mantenía paralela al suelo en todo momento, y su chaqueta, cuya resistencia probó al apartar a un encuestador con el brazo libre. Finalmente llegó a casa. Yo le seguí adentro. Cenó erguido, mirando al frente hacia el televisor. Cuando me acosté oí que decía a mi madre: “Este hijo nuestro no tiene facilidad de palabra. A ver si aprende a expresarse de una vez”.


© Ricardo Guadalupe

Los miembros

Mientras su equipo directivo había pasado ya a una discusión adornada con aspavientos, puñetazos en la mesa e improperios, D. Jacinto Ledesma se mantenía en el vértice de la mesa repasando mentalmente el refranero español. No quería dejar pasar la oportunidad de mostrar lo aprendido en el master de gestión de conflictos. Pero no fue hasta que uno de ellos se quejó de que “se hacía más caso a otro miembro” cuando se levantó y dijo con voz solemne: “Entre bomberos no nos pisemos la manguera”. El éxito fue tal que aún es puesto como ejemplo en la consultora JBR.


© Ricardo Guadalupe

viernes, 10 de abril de 2009

El río, de Julio Cortázar (Narrado)


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Podría hablar de los momentos tan especiales que he vivido narrando este relato, podría hablar sobre el sentido del texto, podría hablar de cómo lo descubrí y de Alegría, la fantástica profesora de escritura que me regaló el libro que lo contiene. Podría hablar de todo esto y de mucho más, pero no lo voy a hacer. Basta escucharlo para darse cuenta de que sobra cualquier comentario.

viernes, 3 de abril de 2009

En busca del galeón

Se habría restregado los ojos a través de la escafandra si hubiera podido. Ante él tenía una embarcación, pero no era un galeón. Sus dimensiones eran mucho mayores, descomunales, y sin un solo mástil; en cambio era antigua: sus tres pisos de madera petrificada lo demostraban. Al fin se atrevió a entrar, y dentro halló miles de esqueletos mecidos por el agua, todos ellos de animales que no conseguía identificar. Pronto descubrió que cada uno tenía su pareja. Asustado, decidió volver a la base y no contar nada. Quizás por eso cuando le preguntaron que de dónde venía, él contestó “No sé”.


© Ricardo Guadalupe

Llegada a la Luna

Yo di el último paso en la luna, sin duda un enorme paso atrás para la humanidad. Llevábamos en la colonia tanto tiempo que nuestro anciano jefe era el único que no había nacido en la Luna. Y fue él quien nos enseñó el video de la explosión. “No hay comunicación desde entonces con la Tierra”, nos dijo. Pronto comprendimos todos que ya no pintábamos nada allí. Sólo al subir a la nave me resistí, convencido de que las imágenes de la explosión no eran más que un montaje. Cuando finalmente subí, lo que no podía imaginarme es que en la Tierra me encontraría como en casa: En una superficie lunar.


© Ricardo Guadalupe

El aspirante

Tres, dos, uno. Tierra, aire y mar. Rebobinemos, sí, fue el cohete de propulsión derecho. Así quedó en el informe que la viuda de Ellison Onizuka leyó a su hijo unos años más tarde. Pero ni por esas consiguió que se quitara el casco de su padre que llevaba puesto durante días. Tampoco el médico se atrevió a sacárselo momentos después de que decidiera tirarse de cabeza desde lo alto de una silla. Por eso, mientras llegaba la ambulancia, fue a través del cristal del casco que vio de nuevo en la televisión la cabina cayendo al mar. Parecía un meteorito, un cuerpo extranjero ajeno a este mundo.


© Ricardo Guadalupe

The Bank

Cuando Yamín salió del refugio se dirigió entre los escombros a su apartamento, situado en la zona B84 de la metrópoli de Lem. Creyó llegar, pero no quedaba ningún bloque en pie que le sirviera como referencia, así que siguió caminando. Más adelante, vio un edificio que reconoció tras entrar y encontrar el cadáver de un hombre que conocía bien. Lo halló donde siempre, en el despacho donde también sus respectivos padres se veían, el mismo donde su abuelo firmó la hipoteca hereditaria. Aún conservaba sus paredes, así que sacó el cadáver, volvió dentro y echó la manta al suelo antes de tumbarse.


© Ricardo Guadalupe