Ocurrió al tomar mi primer té; Contaba con 42 años y, de pronto, me sentí extranjero.
Había empujado el arado toda la mañana. Con unas hojas de cáñamo en la boca, por el asma. Después, en el gran río, al dar unos pasos siguiendo con la vista a un velero, tropecé con unas hojas desconocidas. Las acusé de ser las ingeridas por mi hijo Wan.
Por la noche, no encontré el unicornio entre los vapores que me aliviaban la asfixia, y maté la resignación con las hojas arrancadas. Bebí aquello, la muerte tuvo un sabor amargo y un olor a tierras sin surcos. Pero desperté al día siguiente, no era mi hora, como tampoco fue la última vez que desde entonces fueron echadas ese tipo de hojas en agua caliente, se trataba sólo de té, algo de sabor amargo y con aquel olor a tierras sin surcos.
Había empujado el arado toda la mañana. Con unas hojas de cáñamo en la boca, por el asma. Después, en el gran río, al dar unos pasos siguiendo con la vista a un velero, tropecé con unas hojas desconocidas. Las acusé de ser las ingeridas por mi hijo Wan.
Por la noche, no encontré el unicornio entre los vapores que me aliviaban la asfixia, y maté la resignación con las hojas arrancadas. Bebí aquello, la muerte tuvo un sabor amargo y un olor a tierras sin surcos. Pero desperté al día siguiente, no era mi hora, como tampoco fue la última vez que desde entonces fueron echadas ese tipo de hojas en agua caliente, se trataba sólo de té, algo de sabor amargo y con aquel olor a tierras sin surcos.
© Ricardo Guadalupe
