miércoles, 26 de agosto de 2009

Libertad

Compré un billete de ida
para abrir las puertas,
encontrarme en extensas praderas,
ser agitado por el batir de las aves
y extender los brazos hacia delante.

Pero sin soltar la maleta de la memoria,
para embarcar sin des-pegar,
e ir sin partir.

Y aún así, cambiar,
de forma natural,
y llegar a ser yo,
sin mis circunstancias.

Y busqué el grial de la libertad.
Vivir sin morir,
soñar sin dormir,
causa sin efecto.
Y comprendí lo que significaba Ser.

Pero también me cuestionaba
¿No poseer para no perder?
¿No mirar para no prenderme?
¿No amar para no ser dos?
Y entonces encontré el significado de No Ser.

Y encargué un billete de vuelta a los sentidos,
y descargué toda la libertad acumulada
para aferrarme a la tierra,
necesitar dar y recibir
y entregarme a Ella.

Ciclos de libertad.
Atarse para desatarse
y volverse a atar.
Todo para no ser presos
ni de la libertad.


© Ricardo Guadalupe

miércoles, 12 de agosto de 2009

La casa de Clara

....—¡Ya salgo, ya! No hace falta que eches la puerta abajo.
....Abro el pestillo del baño, con lo que cede la puerta ante el empuje invasor. Es mi hermano Pedro dispuesto a reventarse todas las espinillas contra el espejo.
....—¡Pizza de granos! ¡Saco de pus! —le chillo mientras me saca al pasillo, encerrándose luego con su sacacomedones.
....«Hoy no habrá revancha —me digo, estirándome la blusa del uniforme frente a la puerta—, llego tarde».
....Entro en mi cuarto a por la cartera del colegio y el tubo porta láminas con el trabajo para la señorita Prieto. Nadie tiene el gesto tan estirado como la señorita Prieto. Yo creo que es por lo mucho que se tira del pelo para llegar a asegurárselo con algo con pretensiones de coleta pero que a mí me recuerda más al nudo de un globo. Quién sabe, quizás si alguien le soltara la coleta se deshincharía volando por toda la clase.
....Recojo cartera y porta láminas vigilada por mi reloj de Porky de pared. Sus agujas se han convertido en dos flechas que me señalan la salida. Tengo que darme prisa.
....Antes de alcanzar las escaleras me frena desde el baño la voz:
....—¡Eh, sabelotodo! Se te ha vuelto a olvidar algo.
....Lamento tener que darle esta oportunidad a mi hermano pero pregunto:
....—¿Qué?
....—¡Los cascos de botella para las chapas de tus dientes!
....Con un movimiento seco de cabeza mi melena me cubre la mueca de fastidio, pero no evita que escuche su carcajada. Da igual, se le cortará cuando se vuelva a mirar en el espejo. Me precipito escaleras abajo. Los zapatones con los que me dejo caer golpean en tam-tam los escalones hasta superar los dos últimos con un salto. He alcanzado la recta final hacia la puerta de salida.
....Al pasar al lado de la cocina lanzo a mi madre sin mirar un “No tengo hambre”, que al llegar a continuación a la altura del comedor vuelve como un boomerang en forma de la respuesta “Tómate una tostada”, que mi padre ha clavado también sin mirar.
....Viro en curva a la derecha y freno en seco ante la mesa rodeada por mi hermana Marcela, mi padre, y su periódico... (pincha aquí para ver el texto completo y seguir leyendo)


© Ricardo Guadalupe

miércoles, 5 de agosto de 2009

La alarma

Otra vez esa alarma, tiene gracia la cosa, por más que he buscado por todo el apartamento no he logrado dar con el origen de ese maldito soniquete ¿Dónde puede estar metido el dichoso despertador de las narices? Y además, ¿es que nunca se le va a acabar la pila? Pero lo peor es que suena cuando estoy en plena duermevela, aquí, tumbado en el sofá, amodorrado viendo el Tour mientras mi mujer está en la piscina. Hasta ahora bastaba con subir el volumen de la tele y escuchar otro triunfo de Induráin para volver a relajarme y estirar todos los músculos, sin embargo este año el gran Miguelón ya no corre, se ha retirado, ¿qué puedo hacer yo ahora?

Sí, lleva años sonando esa alarma, mira que es raro el asunto, supongo que no lo hará todos los días, lo que sí es seguro es que lo hace cada día del mes de julio, el mes en el que mi mujer y yo cogemos las vacaciones y estamos en este apartamento. Dejando a un lado lo del despertador se está a gusto aquí, en este mismo sofá me he visto de principio a fin los cinco Tours de Induráin, y Cristina siempre me ha dejado el sofá para mí solo. Cierto es que de vez en cuando se me ha pasado por la cabeza acompañarla a la piscina, pero es que a mí no me da la gana quitarme la camisa y enseñar la barriga a los vecinos, prefiero quedarme y tomar mi cerveza tranquilamente delante del televisor. Por otro lado, ahora que recuerdo, hemos tenido momentos en los que nos hemos dicho aquello de que si no estaría mal veranear en otro sitio o hacer algún viaje. Ya no lo decimos.

A ver si tapándome los oídos con los cojines deja de martillearme la alarma. Si al menos Cristina estuviera ya de vuelta. ¿A qué hora cierran la piscina? Qué más da, nunca se ha tomado mucha prisa en volver. La cuestión es que eso antes no cambiaba nada, Induráin seguía ganando Tours y los veranos pasaban. De pronto él se ha retirado, se ha bajado de la bicicleta y ha dejado de pedalear sin más, y yo reconozco que no consigo conciliar el sueño igual. Me siento un poco ridículo, pero es que me ha pillado desprevenido, ¿por qué las cosas no pueden simplemente seguir y seguir? Si parece que fue ayer cuando estaba radiante con su maillot amarillo en lo alto del pódium. Desde luego no me lo podía imaginar. Es como, no sé, como la alarma de ese reloj despertador, suena que te suena, todas las tardes, como no queriendo que me duerma. Pues bien, si Cristina llegara uno de estos días y me dijera que finalmente se le ha agotado la pila no me lo creería. Palabra.


© Ricardo Guadalupe