miércoles, 30 de septiembre de 2009

Leyendo "Un médico rural" de Franz Kafka


.. Es un relato onírico, del mundo de los sueños, y cargado de metáforas; pero en cambio desarrollado de forma lógica, a la manera de un texto expositivo. Es decir, no te presenta el sueño a flashes inconexos sino que las situaciones surrealistas se encadenan de manera racional.
..La mencionada sucesión de metáforas convierte al relato en una alegoría llena de símbolos, que además evoca conceptos míticos y religiosos. Ya al principio muestra dos mundos separados por unas diez millas de fuerte nevisca. Dos mundos, el de los dioses y el terrenal. Antagonismo que aparece en todos los personajes: Un sanador que no sana por un lado, y un demonio con cara de ángel por otro; Los dos caballos blancos y fornidos salen en cambio de una pocilga, además son veloces a la ida y lentos a la vuelta. Estas contradicciones permanentes transmiten la idea de que todo tiene dos caras que chocan entre sí continuamente. Y esta idea es sostenida por la razón, porque es la coherencia la que dirige la narración. Por ejemplo, el médico va haciendo siempre lo contrario de lo que quiere hacer, lo cual es un disparate, pero en cambio pareciera que no tuviera otro remedio, que no hubiera otro camino. Lo cual plantea otra cuestión: La predestinación de todo. La lógica del sentido que toma la narración consigue también otro objetivo, y es que parezca verosímil lo que está ocurriendo, hace palpable y real la locura. A esto también ayuda la mirada de los personajes, que desde el principio aceptan lo increíble como normal.
..Volviendo al tema de los símbolos, quizá el más importante, al compartirlo varios personajes, es el de la flor. El enfermo tiene una flor, que es una herida, una herida que no tiene curación, sólo hay que saber llevarla, soportarla. Es una flor heredada de generación en generación y generalizada en toda la “floreciente clientela” del médico. El mismo médico tiene su propia flor, Rosa, representada por su sirvienta, a la que nunca hizo mucho caso, y a la que abandona a su suerte, tentado por la belleza, la ostentación, que representan a su vez los caballos. Una tentación que le ha perdido, lo cual demuestra su ignorancia. Es un ignorante que justifica lo injustificable, que tergiversa el sentido de las cosas para sobrevivir; En la cita siguiente se ve claramente:... (pincha aquí para ver el texto completo y seguir leyendo)


© Ricardo Guadalupe

jueves, 24 de septiembre de 2009

La extracción de la piedra de la locura


..Llegué algo tarde al Prado, sólo faltaban tres cuartos de hora para que cerraran. No me demoré más y me dirigí directamente hacia el cuadro que se correspondía con la pintura impresa en papel que llevaba en la mano. Miraba hacia lo alto, pero no lo encontré hasta agachar la mirada. Era más pequeño de lo que pensaba. A su derecha había un cartel explicativo que evité leer. Luego tomé mi cuaderno y dejé carpeta y abrigo en el suelo. Mi primer contacto visual con la obra fue por los bordes, como siempre. Rodean la imagen central unas inscripciones en dorado de estilo gótico ininteligibles para mí, además de unos números y una trama también dorada sobre fondo negro. Hasta aquí no anoté nada, ahora bien, resulta que la imagen central es redonda, ¿como una piedra?, ¿es que la piedra de la locura que se intenta extraer es el cuadro en sí? ¿O es la forma de un ojo?, ¿es que el cuadro es una mirilla desde el cual juzgamos y somos juzgados? Me empiezo a dar cuenta de la profundidad del cuadro. De hecho ya estoy metido entre los árboles, entre animales blancos y con una panorámica que abarca tres pueblecitos y se cierra con un suave perfil de montaña. El paisaje me confunde, por un lado actúa de contraste con lo antinatural de la extracción, pero al mismo tiempo le da un halo de “naturalidad”. Quizás sea más práctico que otra cosa, quizás por entonces no había mejor luz para las operaciones que la del día, al aire libre. Me llama Ana al móvil, le cuento lo que estoy haciendo y me habla de lo habitual de la práctica de la extracción en la Edad Media. Yo no me explico qué tipo de médico creía en la existencia de una piedra en la cabeza. Me responde que eran médicos, pero que mezclaban la medicina con la religión, a veces con la alquimia y hasta con la astrología. Para mí que más que médicos eran curanderos. Cuando cuelgo me fijo en el atuendo del que opera. Parece un monje, y lleva una especie de embudo al revés en la cabeza. Definitivamente está loco. Loco no, pero raro han debido considerarme unos turistas que me acaban de hacer una foto cuando estaba con la cara hacia delante a un palmo del cuadro. Llevo ya diez minutos ante él. Miro ahora al hombre que está de pie con algún tipo de jarra en la mano... (pincha aquí para ver el texto completo y seguir leyendo)


© Ricardo Guadalupe

miércoles, 9 de septiembre de 2009

De vida y vuelta

Nacemos respirando agua en el vientre materno.
Luego somos lanzados al río.
Entonces la peonza traza el primer círculo de la espiral.

La corriente nos impulsa a 7 metros por segundo.
Sincronizamos nuestros momentos de inercia,
lo que nos hace responsables de un sentido colectivo del cauce,
en el que diluimos nuestro sentido individual de responsabilidad.

El carácter diferenciador de cada uno
está iluminado por antorchas mojadas.
Creamos la necesidad de hacer cadena
y formar equipos que llamamos familias.

Como si de piedras en los bolsillos se trataran,
nos desprendemos de ilusiones y deseos.
Y así, desnudos, despellejados y ya predestinados
somos escupidos finalmente a una tierra de caminos de cemento.
Tan gélida que el mar baja su nivel para huir de ella.

La peonza ha completado otro giro,
estrechando el diámetro del círculo.

Estoy desorientado, el camino se ha tornado en laberinto,
flanqueado por altos muros que ocultan el cielo.
Soy como un bosque cerrado cuyo lecho no besa la luz del sol.

Mi paso es el de las manillas del reloj,
que marcan que mi cuerpo está ya de vuelta
aunque mi mente esté aún de ida,
frenada en la pregunta de si hay vida antes de la muerte.


La respuesta ha venido bailando con la peonza,
levantando un remolino de violetas y lavanda,
hasta que tras una nueva vuelta
queda frente a mí
y respiramos el mismo aire.

El reloj se paró, el disco se rayó en la palabra wonderful.
Y giramos, no para mirarnos a los ojos,
sino para mirar los dos en la misma dirección.

Con el giro cedió la rosca del tarro de las esencias,
y comenzó sobre tu piel el rodar de un rodillo
que la tiñe de color azul,
haciéndome comprender en ese momento
por qué el cielo y el mar son de ese color.

Empezamos a desandar lo recorrido,
en busca del mar:
línea de encuentro con la Naturaleza.

Tú eres la que ha quitado el vaho del espejo en que me observo,
la que me ha liberado de mi molde.
Me siento como un sordomudo al que han desatado las manos.

Ahora somos una cítara de dos cuerdas,
que vibran y se embriagan de su música,
cuyas notas repiquetean el sonido de la frase
"nunca seremos tan jóvenes"

¿Quién soy? Tú me defines; Soy TuYo
La peonza ha encontrado el corazón de la espiral.



© Ricardo Guadalupe

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El autómata

Inspiro y espiro
Inspiro y suspiro
Inspiro, inspiro y aguanto la respiración.

Al principio todo es calma y quietud
siento los latidos como si un reloj
estuviera marcando el paso del tiempo.

Comienzo a soltar el aire
y con él los recuerdos.

Empiezan a estrangularse mis pulmones.
Trago saliva y me concentro en el momento en que,
cuando era pequeño, me arranqué de un portazo
una muela que tenía atada al picaporte.

Mi vida y mi muerte mantienen un pulso.
Ante mi boca una gran ola de aire espera para romper
y continuar su ir y venir inundándome y secándome después.

¿Qué ocurriría si todo se detuviese,
si los anillos de Saturno dejaran de rotar,
si los ñus del Serengeti dejaran de migrar,
si dejara de desear cosas imposibles?

Mi resistencia expiró y la gran ola de vida se precipita dentro de mí.
Poco a poco la máquina normaliza su funcionamiento.
El autómata ganó el pulso con su principal arma: La ignorancia.


© Ricardo Guadalupe