miércoles, 12 de agosto de 2015

Eres un débil

....–Eres un débil. No te reconozco. Te he visto paralizado por una canción o por un pájaro herido. Eso se acabó.
....Dicho esto limpió el filo del machete en la ropa de paisano del policía y se lo dio a Abel por la empuñadura. Los instintos agresivos de éste se dispararon. Más aún cuando, como si de una ceremonia de sacrificio se tratara, el guerrero le ofreció el cuello para que hiciera lo mismo que él había hecho con el otro cuello.
....–¡¿Por qué?! –gritó Abel. Todo pasaba demasiado rápido. También el metro, que no se había parado en la siguiente estación.
....–Degüéllame y lo sabrás. Mátame –insistió, hasta el punto de dar una sorprendente orden–: ¡Obedece a tu padre!
....Para Abel se hizo de pronto el silencio, ya no oía nada más, sólo esa frase retumbando entre sus sienes.
....A tiempo de evitar que cumpliera el mandato, el metro redujo bruscamente la velocidad y los dos cayeron empujados contra la pared del vagón. Las puertas se abrieron en cuanto se hubo detenido del todo y la oscuridad del túnel indicó la salida para los demás viajeros. «Abel –se escuchó de repente por megafonía–, ahí tienes tu salida de emergencia, por si acaso». Era la voz de Braxo, habían sido los extraterrestres los que habían detenido el convoy.
....La gente abandonaba atropelladamente los vagones, en una decisión opuesta a la recién tomada por Abel. Recuperando el arma, que yacía en el suelo, agarró una mano del guerrero y se la ajustó a la empuñadura, aprisionándola con sus dos manos. «Soy un hijo rebelde», le espetó en el instante previo a introducirse la afilada punta del machete en la boca. Ahora la vida que pendía de la voluntad del otro era la suya, le había devuelto la macabra jugada.
....El guerrero reaccionó furioso, propinándole con la mano libre un golpe seco en la nuez. El acto reflejo de Abel liberó el machete, y la dura base de éste, manejada con violencia hacia su cabeza, fue lo próximo que sintió. «No vuelvas a provocarme», pudo escuchar todavía, con la vista nublada. Luego todo se le hizo negro.

....Recobró la conciencia a breves intervalos. Primero vio a Fronte, vendándole la cabeza con tiras que se arrancaba de la túnica blanca que vestía. Entre desvanecimiento y desvanecimiento, se vio transportado en brazos por Braxo a través de los túneles. Por último, se encontró sentado sobre el pavimento de una antigua estación abandonada.
....–No tenemos mucho tiempo –advirtió Fronte.
....–¿Por qué no me ha matado? –preguntó Abel sin pensar, como si ya inconsciente se hubiera formulado la pregunta.
....–No puede. Si lo hace… –Fronte a su vez no podía decírselo. La verdad era una piedra lanzada, para Abel no habría marcha atrás. Sería algo irreversible, como lo podría ser su propia muerte.
....–¿Cómo averiguasteis que yo era su hijo?
....La piedra surcaba el aire, la había lanzado el mismo Abel. El impacto de la verdad sólo el futuro lo sabría, un nuevo futuro hacia el que todos se dirigían a ciegas.
....–Explícame otra vez aquello de la cadena colgada del techo –Se empeñaba Abel–. Esa en la que cada eslabón sería un bloqueador. Mi verdadero árbol genealógico, ¿no? Mi familia. La familia del mal, la prole a la que pertenezco…
....–Para, Abel. Es suficiente –le rogaba Fronte.
....–Y nada menos que el eslabón que sigue al primer bloqueador –Abel no paraba–. Soy un asesino de alto rango…


© Ricardo Guadalupe

domingo, 2 de agosto de 2015

La verdad no es un punto de partida, sino de llegada

La verdad no es un punto de partida, sino de llegada
Luis García Montero


....Domingo por la noche, poca gente en el vagón de metro y Abel distraído, todavía con la voz de Roy Orbison dando vueltas en su cabeza. Hoy era esa canción, mañana cualquier otra cosa; más de una vez sus ensoñaciones le habían costado pasarse de parada. Aunque esa noche había hecho el propósito de no despistarse, le tocaba a él hacer la cena. No llegaría a la cena, a la parada tampoco. De pie, abrazado a una barra al fondo del vagón, fue el único en no percatarse de la entrada de un nuevo pasajero. Su aparición les había dejado prácticamente solos, a excepción de dos o tres personas pegadas por instinto al otro extremo y de otra que se había interpuesto en su camino y a quien redujo rápidamente con un movimiento que casi se confunde con la puesta en marcha del metro. Casi porque fue suficiente para que Abel volviera de su mundo imaginario y se diera cuenta de que algo no iba bien. Aún de espaldas, se resistía a afrontar el peligro, como el que se resiste a la muerte. Pero la muerte llamó a su hombro y ya no hubo vuelta atrás.
....A dos palmos de su cara se topó con la del policía gigantón que le custodiaba, empequeñecido por la posición de rodillas en que estaba y por el machete que apretaba los tendones de su cuello, tensos como tiras de acero. Detrás colgaba de una nariz el inconfundible aro, análogo a la argolla que llevan en su hocico algunas bestias, que adornaba la cara picada, con agujeros como cráteres, de otro tipo de bestia, el guerrero.
....Nunca le había visto tan de cerca. Anudadas a su cabellera, espesas matas de pelo de babuino sobresalían a modo de trofeos. Y un colmillo de un animal más grande le atravesaba el pellejo de la base del cuello. Delante palpitaba el otro cuello, el del policía, a quien le castañeaban los dientes por el miedo. Puede que, prestando atención, incluso a sus huesos se les hubiera oído castañear.
....Sin más prolegómenos, unos dedos larguísimos, con uñas en forma de garras, pusieron a la presa mirando al techo mientras el machete provocaba un tajo que hacía salir la sangre a borbotones. Una mano de la víctima se aferró entonces a la chaqueta de Abel, al principio con fuerza, para aflojar después, al igual que sus labios. Finalmente, su mandíbula cayó, quedando la boca abierta, con la lengua medio fuera.
....El guerrero apartó el voluminoso cadáver del guardaespaldas y encaró a Abel. Además del machete ensangrentado portaba un hacha atada al cinto. Abel sintió que había llegado el momento para el que durante meses se había estado preparando. Sin embargo no estaba en absoluto preparado para lo que inesperadamente ocurrió a continuación.
....–Ha sido una guillotina boca arriba. Se tira de la cabeza hacia atrás y se cortan las carótidas.
....Por increíble que pareciera aquel guerrero tribal había hablado, permitiéndose un tono aleccionador. Apenas había movido sus labios, finos y muy oscuros, pero una voz gutural había sonado alta y clara. A Abel le volvió a asaltar la vieja sensación de que algo suyo había en ese salvaje, algo familiar que unía sus destinos, desde siempre y desde antes de siempre.
....–¿Quién eres? –Se atrevió a preguntarle, llevando más lejos su atrevimiento con la siguiente pregunta– ¿Quién soy?


© Ricardo Guadalupe