lunes, 18 de junio de 2018

"Todas las familias felices", de Mercedes de Vega

El Premio Nobel Gabriel García Márquez vivió su niñez con los abuelos maternos en una casa grande que recordaba así: “En cada rincón había muertos y memorias (...). En esa casa había un cuarto desocupado donde había muerto la tía Petra. Había un cuarto donde había muerto el tío Lázaro. Entonces, de noche no se podía caminar en esa casa porque había más muertos que vivos”. Décadas después García Márquez rellenaría todos esos rincones y cuartos con una saga familiar, los Buendía, la dinastía literaria que creó y reflejó magistralmente en “Cien años de soledad”.

En el caso de Mercedes de Vega, la génesis de “Todas las familias felices” tuvo lugar en 1999, a raíz del vacío que dejó la prematura muerte de su padre. Entonces fue a Milmarcos, su Macondo particular, aunque exista realmente, e ideó la historia familiar de los Roy, los Arzúa, los Anglada… Tomando de referencia información verídica, puesto que los Roy, por ejemplo, es una familia de Milmarcos, no en vano una conocida periodista apellidada Roy participó en la presentación de la novela. Pero el sustento principal de la trama es la ficción, o al menos una versión de hasta dónde podrían haber llegado los hechos. No salen muy bien parados los Anglada, a quienes define como “puros Karamazov”, aludiendo a la actitud criminal de los protagonistas de la famosa novela de Dostoievski.

La historia arranca con Tomás Anglada Roy, cuya hija también es una conocida periodista. No es la única “casualidad” que plantea la novela. En el juego de coincidencias se ven envueltos el nombre de una yegua, una casa de Arturo Soria y sobre todo una fecha, el 21 de diciembre. Desapariciones, muertes y relaciones carnales entre parientes vienen marcadas por las aparentes coincidencias, que adquieren la trágica condición de maldiciones.

Durante buena parte del libro, Tomás Anglada y su hija mantienen un pulso narrativo con cambios temporales en el que se introducen las cuestiones que se resolverán en la última parte. Entre ellas un posible asesinato y la presencia de un espíritu.

Con los cambios temporales cobra relevancia el pasado de ciertos lugares, como el del Monasterio de Piedra, antiguo monasterio cisterciense; o el de los terrenos del Templo de Debod, donde se encontraba el Cuartel de la Montaña; o muy especialmente el del Museo Reina Sofía, antiguo Hospital Provincial de Madrid.

Hay una novela que se nombra en “Todas las familias felices” y con la que sin duda tiene puntos en común: “Soldados de Salamina”. Ambas hablan del hecho de que los muertos no están muertos del todo mientras haya alguien que los recuerde, hablan de la búsqueda del padre y prueban que la literatura es una sólida forma de salvación personal.


Ricardo Guadalupe

sábado, 9 de julio de 2016

Leyendo "La ciudad y los perros" de Mario Vargas Llosa

Este libro es una venganza. De Mario Vargas Llosa hacia su padre. Ese hombre que lo abandonó antes de nacer y que volvió diez años después imponiendo unas ideas en las que no cabía la vocación literaria de su hijo. Según él, Marito tenía que convertirse en un “hombre”, así que lo internó en un colegio militar entre los años 1950 y 1952, para corregirlo, porque consideraba que podía burlarse de los curas, pero no de los militares. Ellos, pensaba, le quitarían las ganas de dedicarse a la literatura. No pudo estar más equivocado. Mario Vargas Llosa aprovechó esa traumática experiencia como fuente de inspiración para su primera novela: La ciudad y los perros, y con ella consumó doblemente la venganza: dándose a conocer internacionalmente como escritor, y además denunciando aquellas ideas en las que tanto creía su padre y que en la práctica, en el colegio militar, demostraban ser machistas, brutales y cobardes, hasta el punto de servir para ocultar un posible asesinato.

El alter ego de Vargas Llosa en la novela es el cadete Alberto Fernández Temple, el personaje a través del que nos describe su querido barrio Diego Ferré, las amistades que allí hizo y sus primeros enamoramientos. También la situación de sus padres… Incluso la anécdota de que vendía cartas de amor a otros cadetes para que estos se las enviaran a sus novias. Por este motivo, en el libro, al cadete Alberto le apodan “el Poeta”.

En cambio poca poesía hay a mi parecer en La ciudad y los perros. El estilo y la técnica narrativa, o la antitécnica más bien, son muy confusos. Hay diferentes narradores y múltiples focos narrativos, saltos en el tiempo y superposiciones de planos espacio-temporales, sin introducciones ni explicaciones aclaratorias, monólogos interiores y localismos, textos fragmentados… Da la sensación de que el autor no se preocupa por el lector, que va a lo suyo, que se trata de un escritor sumamente egoísta. O que busca ser efectista, llamar la atención, y vaya si lo consiguió, en España por ejemplo obtuvo el Premio de la Crítica.

Gana en interés a mitad del libro cuando la historia adquiere tintes de novela negra. Entonces uno tiene el impulso de saltarse párrafos para saber qué va a pasar. Pero las señales son falsas, hacen entrar al lector en un laberinto de preguntas sin respuestas. De nuevo el autor juega a la confusión, quizás para que la intriga no finalice acabado el libro y se generen debates inagotables por ser de imposible solución. En tal caso, volvió a salirle muy bien la jugada, pero en mi pueblo a eso se le llama hacer trampas.

A continuación aviso de que voy a mencionar desenlaces del argumento, y es que aunque no exista una conclusión absoluta, para mí la menos inconsistente sería una que afirmara que el personaje de “el Jaguar”, de quien no se sabe su amor por Teresa hasta el final, mata a “el Esclavo” por celos. He querido dejarla apuntada puesto que, para mi sorpresa, no aparece este posible móvil en los estudios sobre el libro a los que he tenido alcance.

Y por último, y hago extensivo el aviso del anterior párrafo a este, una característica significativa de la novela y que a mi modo de ver también contribuyó a su éxito, por ser altamente provocadora, es su esencia amoral. En La ciudad y los perros el “héroe”, el que se sale con la suya, es un asesino, un ladrón y un mentiroso.


© Ricardo Guadalupe

martes, 5 de julio de 2016

Lorca desencadenado

Hilvanado con versos del maestro


Desnudo el grito, las orillas de la luna, la fuente fría, la flor ajada.
Desnudo estandartes y faroles, unicornios y cíclopes.
Hinojo, serpiente y junco.
Aroma, rastro y penumbra.
Aire, tierra y soledad.

Soy la poesía que anda por las calles, el olor que te sale de los pechos y las trenzas, cien luceros verdes, sobre un cielo verde.

Por el Arco de Elvira quiero verte pasar, sueño de trece barcos, rumor de siemprevivas, noche de cuatro lunas y un solo árbol.

Que florezca la rosa, no me dejéis en sombra, la poesía es el misterio que tienen todas las cosas, los corales tibios, la noche clara, los cañaverales y las sábanas de holanda.

Paso a vuestro lado, os sigo por el aire como una brizna de hierba, por las brisas de caña mojada, los montes imantados, los arroyos de leche blanca… Bajo de la nieve al trigo para saber tu nombre y ponerme a llorar.

Pero hay gente invisible que rodea perenne mi casa, un desierto de tallos sin una sola rosa. Sordas penumbras, capas siniestras, tercos fusiles que dejan fugaces remolinos de tijeras.

Si muero, dejad el balcón abierto. Que suenen las flautas en la tormenta, el gong de la nieve, el barco sobre la mar y el caballo en la montaña.

Apartad el biombo de días grises, descubrid un cielo de muslos blancos. Un Polifemo de oro baila con un pez del mar de la China un pequeño vals vienés por glorietas de caracolas.

Que no venzan las astas de ciervo enfurecido, los ojos arañados, el llanto oscuro que se aleja por un túnel de silencio. A la sombra del ciprés, tocad la guitarra, ese corazón malherido por cinco espadas. Abrácense los dos ríos de Granada, las páginas de los libros, las dos almas, las que no saben odiar y ¡ay! las que no saben, amor mío, por qué odian.


© Ricardo Guadalupe