sábado, 27 de junio de 2015

Acto seguido

....Acto seguido subió al piso con las bolsas y con el anuncio de que su amigo le había conseguido una entrevista de trabajo. Sara los recibió, a él y la noticia, con un beso y una promesa de celebración. «Mañana madrugaremos los dos», concluía Abel. «Entonces tendremos que acostarnos pronto», se insinuaba ella. Comieron sentados en el suelo del salón, como era su costumbre. La innovación vino al acabar de comer, cuando Sara apartó la colchoneta-mesa y extendió una sábana en su lugar. Después abrió los botes de pintura y coloreó una mano de Abel para dejarla impresa en el blanco de la sábana. Luego se colocó el pincel entre los dedos de un pie y se lo alargó para que él hiciera lo mismo con ella. La planta del pie acompañó en seguida al estampado de la mano. A la composición se fueron uniendo diferentes formas a medida que iban desnudándose y pintándose, provistos de sendos pinceles de pelo grueso. Él le subió la blusa, recorrió su espalda con trazos de arte abstracto y la tumbó boca arriba para plasmar su figura. Ella le bajó los pantalones, pintarrajeó las rodillas, quería que las hincara en torno suyo. Terminaron sustituyendo los pinceles por las manos. Y los espacios de piel sin pintar los rellenaron acudiendo al roce de sus cuerpos. A partir de ese momento lo que empezó a reflejar la sábana fue la espontánea coreografía de una pareja de amantes. El lienzo se cubrió de imágenes movidas, brochazos de giros y oscilantes posiciones, la secuencia expresionista en que hacían el amor. Culminaron la obra envolviéndose en ella, tensándola súbitamente y aflojándola al rato, al ritmo fluido e íntimo con el que se sumían juntos en el sueño.
....Se dice que en realidad, aun compartiendo el lecho, dormimos solos, porque cada uno tiene su propio sueño. Afortunadamente para Sara esto era así, no le hubiera sido grato colarse de improviso, aquel anochecer, en la pesadilla de Abel. Frente a ella se habría tenido a sí misma, cubierta por la sábana, acostada al lado de él. Uno más uno, la suma de su amor, dos partes de un todo en armonía. La abrupta disonancia surgía de los pies de la sábana, un bulto se deslizaba entre los dos como un cuchillo. Ella seguía dormida, él se despertaba, dentro del sueño, y retiraba la sábana. Debajo reptaba una cara conocida, de la que salía cimbreante una lengua negra. El guerrero, la pesadilla de Abel.


© Ricardo Guadalupe

Un momento

....«Un momento –Se alarmó Abel–, ¿puede hacer eso, elegir al bebé que tomará el relevo del guerrero?». «Sólo él puede hacerlo, privilegios de la edad, poseer al inocente bebé que su voluntad disponga, según sale del vientre materno –sentenció Fronte–. Adiós a la inocencia y a la consciencia humana, en el cuerpo ocupado por un bloqueador no hay sitio para el ser humano». «Esta facultad de elegir no es exclusiva del primer bloqueador por casualidad –resaltaba el doctor Braxo–. Es producto de la evolución de unos mecanismos de defensa autoinducidos por quien se sabe pieza primordial para el devenir de los bloqueadores y su misión. Le viene francamente bien, para despistarnos. Hace tiempo que es consciente de que Fronte y yo vamos tras él. Su última elección, ir a renacer en un indígena de la selva amazónica, no tuvo otro propósito que desaparecer de los registros civiles. Infravaloró, por el contrario, la espiritualidad de la tribu, en la que ni siquiera siendo un recién nacido pasó desapercibido para el chamán, quien alertó a la comunidad del mal que se cernía sobre ellos. Con las primeras muertes, la alerta se extendió por la Amazonia. Y llegó a nuestros oídos cuando visitamos la zona, en uno de los viajes que hacíamos teletransportados por el mundo». «Nepentes», evocó Abel. «La energía de la memoria del Todo –redondeó Fronte–. Que no se apague nunca, Abel, que no se apague». Por un momento ninguno escribió. «¿Cómo lo vamos a hacer? –tecleó finalmente Abel– Parar los pies al asesino de mis padres…». «No tenemos todas las respuestas –admitía Fronte–. Pero debemos estar preparados para cuando llegue nuestra oportunidad». «Repasaremos algunos movimientos que practicamos en la Sierra –concretó Braxo, al tiempo que el gorila se abalanzaba en la pantalla sobre Abel, con el puño en alto–. ¡Levanta la guardia!». Abel se quedó paralizado y la pantalla le ofreció un primer plano del puño tiñéndose de rojo. A continuación el personaje manejado por Braxo retrocedió con las cuatro extremidades y se sentó, encogido de hombros. «No sé, he visto el puño en alto y me he acordado de Matilde –Se sinceró Abel–. ¿Qué tal está?». «Ella está bien si tú lo estás. Te cuidó siempre lo mejor que supo. La distancia te ayudará a tomar conciencia de ello –Era Fronte quien hablaba–. Le diremos que te has preocupado por ella. Ella se preocupa mucho por ti, no para de preguntarnos si necesitas ropa, comida o dinero». «¿Por qué de repente a todo el mundo le preocupa mi economía doméstica?». «¿Cómo?». «Nada, cosas mías. Voy a entrar en un trabajo de media jornada, y peculiar, a mi medida. Pero ahora luchemos. Braxo, pon en acción al gorila, soltemos un poco las manos». Intercambiaron golpes, de modo virtual, y concertaron el día en que continuar el entrenamiento. No faltó el último consejo de Fronte, antes de la desconexión: «Hacer el bien es vital, entre otras cosas porque será a eso, a haber hecho el bien, a lo que podrás agarrarte en los momentos de desequilibrio».
....Dejó el cibercafé con el tiempo justo para hacerse con algo de verdura y fruta. De la carne picada ni rastro. Entre los puestos vio al coloso que tenía como guardaespaldas. Ya no disimulaba su presencia. A Abel le entraron ganas de sugerirle que le echara una mano con las bolsas. Y no contuvo el impulso de lanzarle un gesto de hasta la vista en el instante previo a cerrar la puerta del portal de casa. Una vez dentro volvió los ojos al buzón, donde le aguardaba un sobre. Por lo visto a Martín no le gustaba perder el tiempo. Conforme a lo que le había adelantado por teléfono halló en el sobre una nueva identidad: Tristán Ramos Colina. Con un montón de documentos falsos que lo acreditaban. Aparte había una nota, escrita de puño y letra, en la que se le citaba para un trabajo mañana lunes. Dobló el sobre y se lo guardó en el abrigo.


© Ricardo Guadalupe