domingo, 2 de agosto de 2015

La verdad no es un punto de partida, sino de llegada

La verdad no es un punto de partida, sino de llegada
Luis García Montero


....Domingo por la noche, poca gente en el vagón de metro y Abel distraído, todavía con la voz de Roy Orbison dando vueltas en su cabeza. Hoy era esa canción, mañana cualquier otra cosa; más de una vez sus ensoñaciones le habían costado pasarse de parada. Aunque esa noche había hecho el propósito de no despistarse, le tocaba a él hacer la cena. No llegaría a la cena, a la parada tampoco. De pie, abrazado a una barra al fondo del vagón, fue el único en no percatarse de la entrada de un nuevo pasajero. Su aparición les había dejado prácticamente solos, a excepción de dos o tres personas pegadas por instinto al otro extremo y de otra que se había interpuesto en su camino y a quien redujo rápidamente con un movimiento que casi se confunde con la puesta en marcha del metro. Casi porque fue suficiente para que Abel volviera de su mundo imaginario y se diera cuenta de que algo no iba bien. Aún de espaldas, se resistía a afrontar el peligro, como el que se resiste a la muerte. Pero la muerte llamó a su hombro y ya no hubo vuelta atrás.
....A dos palmos de su cara se topó con la del policía gigantón que le custodiaba, empequeñecido por la posición de rodillas en que estaba y por el machete que apretaba los tendones de su cuello, tensos como tiras de acero. Detrás colgaba de una nariz el inconfundible aro, análogo a la argolla que llevan en su hocico algunas bestias, que adornaba la cara picada, con agujeros como cráteres, de otro tipo de bestia, el guerrero.
....Nunca le había visto tan de cerca. Anudadas a su cabellera, espesas matas de pelo de babuino sobresalían a modo de trofeos. Y un colmillo de un animal más grande le atravesaba el pellejo de la base del cuello. Delante palpitaba el otro cuello, el del policía, a quien le castañeaban los dientes por el miedo. Puede que, prestando atención, incluso a sus huesos se les hubiera oído castañear.
....Sin más prolegómenos, unos dedos larguísimos, con uñas en forma de garras, pusieron a la presa mirando al techo mientras el machete provocaba un tajo que hacía salir la sangre a borbotones. Una mano de la víctima se aferró entonces a la chaqueta de Abel, al principio con fuerza, para aflojar después, al igual que sus labios. Finalmente, su mandíbula cayó, quedando la boca abierta, con la lengua medio fuera.
....El guerrero apartó el voluminoso cadáver del guardaespaldas y encaró a Abel. Además del machete ensangrentado portaba un hacha atada al cinto. Abel sintió que había llegado el momento para el que durante meses se había estado preparando. Sin embargo no estaba en absoluto preparado para lo que inesperadamente ocurrió a continuación.
....–Ha sido una guillotina boca arriba. Se tira de la cabeza hacia atrás y se cortan las carótidas.
....Por increíble que pareciera aquel guerrero tribal había hablado, permitiéndose un tono aleccionador. Apenas había movido sus labios, finos y muy oscuros, pero una voz gutural había sonado alta y clara. A Abel le volvió a asaltar la vieja sensación de que algo suyo había en ese salvaje, algo familiar que unía sus destinos, desde siempre y desde antes de siempre.
....–¿Quién eres? –Se atrevió a preguntarle, llevando más lejos su atrevimiento con la siguiente pregunta– ¿Quién soy?


© Ricardo Guadalupe

domingo, 26 de julio de 2015

El invierno pasaba

....El invierno pasaba, la estación y el estado de hibernación que impedía a Abel tener esperanzas en el mañana. Paradójicamente, cuanto más se centraba en el hoy mejores perspectivas le ofrecía el mañana. Tal vez por ese motivo sacralizaba su rutina, su quehacer diario, para ahuyentar a los fantasmas, llámese el guerrero, y proyectar una vida con estaciones, en la que al invierno le sigue la primavera. Cumplir un horario y una labor en el trabajo le hacía bien. El famoso sudor de la frente surtía efecto en el bolsillo y en las cicatrices, que parecían haber dejado de supurar malos recuerdos. Se había acostumbrado a la presencia del guardaespaldas. Y el entrenamiento virtual con los extraterrestres, amenizado con música de The Prodigy, se lo tomaba como si fuera un juego. Pero lo mejor de todo es que Sara hacía tiempo que no pronunciaba la palabra “Ámsterdam”, y al parecer sus padres tampoco, se habían tenido que resignar a pasarle la paga, recibir la promesa de una inminente visita y las largas acerca de ir a verla ellos a Madrid. «¿No estarás haciendo alguna tontería? ¿Cómo se llama él?», le llegaron a preguntar. A lo que ella respondió que no se preocuparan, que era muy feliz, lo cual casi les hace coger el primer vuelo a Madrid; sólo la excusa de unos exámenes y el testimonio cómplice de su excompañera de piso lograron alargar una vez más lo inevitable. Hacía más de dos meses que vivía con Abel, y era cierto que se encontraba bien, muy bien. La rutina que él aplicaba en casa era la de la constancia, sin caer en lo rutinario, que en pareja se convierte en invisible. Cualquiera habría pensado que habían sustituido la celebración del cumpleaños por la de cada no cumpleaños. Abel con su último sueldo le había regalado un kimono, de diseño corto, como adelantando esa primavera que llegaba y no llegaba. Y que no hacía falta que llegara para poner en práctica las fantasías orientales de la sugestiva prenda. Esa noche se alimentaron de amor y dulce de leche. Y al día siguiente el sabor de él perduraba en la boca de ella, y el olor de ella en los dedos de él. Lo llevaba consigo plegando las butacas tras el clásico “The End” de las películas de antes. Igual que el día que marcaría otro antes y otro después, y que también tendría mucho de final. La película proyectada, bastante más actual, había sido para olvidar, en cambio vendría a su rescate una canción memorable. Durante los títulos de crédito, mientras Abel indicaba la salida, sonaba “A love so beautiful”, de Roy Orbison. Iba a revisar a continuación la limpieza de la sala, pero estaba absorto. Qué voz. Capaz por sí sola de hacer pasar por buena la peor de las películas. Con ese eco eterno venido de no se sabe dónde. El maestro de las baladas de amores perdidos, le nombraron, buen intento de poner nombre a lo que simplemente es imposible de nombrar. A Abel le había llevado más allá del cineclub, a lugares lejanos donde perderse entre las nubes en compañía de Sara, en plena figuración utópica, puesto que en el mundo terrenal aquello que le iba a llevar a los brazos de su amada era el ferrocarril metropolitano, más conocido como metro. Por las escaleras de la boca más cercana bajó alegremente sin sospechar, quién podía preverlo, que ya no volvería a la superficie el mismo Abel.


© Ricardo Guadalupe