lunes, 2 de marzo de 2015

Conjuro

Muertos de risa, muertos de sueño,
muertos de miedo, muertos de amor.
Muertos vivientes, me has dejao muerto.
Si de algo he de morir, el día de los muertos.

Como te mueras te mato, estás de muerte.
Por mis muertos que me muero de sed.
Muero de frío, muero de asco.
Vamos a morir todos, sin morir en el intento.

Ganar o morir, morir matando.
Muerto el perro muerta la rabia.
Morir o no, el club de los poetas muertos.
Morir sin ti, te quiero a morir.

Amas de casa mortificadas.
Listas de espera mortificadoras.
Colas de parados inmortales.
Mortadelo y Filemón, Martini Bianco.

La agüita amarilla de Los toreros muertos,
Los amores que matan nunca mueren.
Muerte en Venecia, Mortal y rosa.
Españoles, Franco ha muerto.

Escribir a muerte.
Soy hombre muerto, muerto de hambre.
Escribir después de la muerte.
Vivo después de la de ellos, viven después de la mía.

Nuestro conjuro es nombrarla, tutearla.
Tú, muerte, señora estirada, ridícula.
El asesino que hay en ti es el asesino que hay en mí.
Te mato porque eres mía, en tu nombre, con tu nombre.


© Ricardo Guadalupe

domingo, 22 de febrero de 2015

Ojalá existiera entre las parejas un diccionario de acciones

....Ojalá existiera entre las parejas un diccionario de acciones, de la A a la Z, igual de manejable que el de palabras, para que él entendiera mejor los actos de ella, para que ella entendiera mejor los de él. Sara no entendía por qué él había dejado de prepararse las oposiciones, Abel no entendía lo que Sara entendía por intimidad; una mañana mientras se duchaba la oyó entrar en el baño y ponerse a orinar, con la mera separación de la cortina. No le dijo nada. Ella tampoco se lo decía a él. A veces expresarse es precipitarse. Resulta harto complicado hacerse entender si ni uno mismo se entiende. Mayor consistencia proporcionaba la comunicación no verbal, la cercanía física, acompañarse mutuamente. El contacto de sus miradas y el roce de sus cuerpos eran vías de comunicación más tangibles, carreteras transitables ante el colapso de la autopista de la razón. La piel les daba la razón. Era posible estar juntos.
....No sé si os habrá pasado a vosotros, es otra de esas cosas difíciles de explicar, como cuando alguien que espera un hijo pasa a ver carritos de bebé por todas partes o basta que pienses en una persona para que te llame o te la encuentres. Alineación de planetas o simple casualidad. Puede que ni una cosa ni otra o puede que en parte las dos, que cuando uno está pendiente de algo atraiga la bola de la ruleta y ésta caiga en el camino a seguir. A mayor apuesta mayores opciones de obtener el premio. Tiendes la mano al destino y éste te echa un cable de vez en cuando. Siempre es preferible tenerlo de aliado. A Abel le ocupaba y preocupaba la comunicación o el déficit de la misma en su relación con Sara. Le daba vueltas a la cabeza a la vez que se daba una vuelta en torno a las calles del Conservatorio, adonde había ido a acompañar a Sara. De esa guisa, meditabundo, enfiló la pendiente de la Cuesta de Moyano y se asomó a las casetas de libreros de viejo que la jalonan. Inconscientemente, buscó su suerte en un libro de tapa blanda titulado “Seis personajes en busca de autor”, de Pirandello. Le había llamado la atención el anuncio de que pertenecía a la colección “teatro”. La llamada era recíproca, había confluido y no había más que decir, bastaba leer y reconocerse. Por la noche, compartió con Sara el siguiente fragmento:
Llevamos todos por dentro un mundo de cosas, en cada uno el suyo propio. ¿Cómo es posible que nos entendamos, señor, si en las palabras que yo digo incluyo el sentido y el valor de las cosas tal como yo las considero, mientras quien lo escucha, las asume inevitablemente con el sentido y el valor que tienen para él, de acuerdo al mundo que lleva en su interior? Creemos que es posible entendernos, ¡pero no nos entendemos nunca!
....Las risas de verse retratados, de reírse de ellos mismos, aliviaron la responsabilidad de lograr entenderse, abriendo con ello la posibilidad de lograrlo finalmente. No hay como descargar tensiones para que se despeje la corriente y fluya con naturalidad. La naturalidad de la que hizo gala Sara descubriendo a continuación el lienzo que una tela blanca tapaba en lo alto del caballete. Una acuarela reproducía aquellos tejados que admiraron pegados, hombro con hombro, el día de la azotea del Círculo de Bellas Artes. «La pinté para ti. Ésta no la voy a borrar. Es tuya», confesó ella, la Sara de Abel. «Yo también guardé algo para ti, en una caja de galletas, son cartas que nunca te envié», se sinceró él, el Abel de Sara. Ella selló con un beso las confidencias y le susurró al oído: «Envíamelas, una a una, paso a paso». Más tarde, acostado, Abel releyó la carta que le enviaría por correo por la mañana. Sintió ternura por el Abel que la escribió, ajeno por entero a los laberintos del corazón femenino. Por él encontraría el centro del laberinto, se lo debía, por el ovillo palpitante elaborado durante años para que el Abel del presente cumpliera su misión. Y por el Abel del futuro, que no se lo perdonaría en la vida. Y por él, ahora, el perseguido por el Minotauro, pero también el chico de los zapatos nuevos, con un amor correspondido recién estrenado, representado en esa acuarela que ha colgado aprovechando una alcayata abandonada por la excompañera de piso. “I promised myself”, se lo prometió a sí mismo, le recordaba Nick Kamen por los auriculares, y no iba a decepcionar ni a los tres Abeles ni a Nick Kamen, cuyo riff de guitarra le conducía por la senda de los héroes mitológicos en un sueño con el que se quedaría dormido.


© Ricardo Guadalupe

lunes, 16 de febrero de 2015

Los resultados de las pruebas

....Los resultados de las pruebas de acceso al conservatorio holandés habían aterrizado y le daban pista libre para continuar allí sus estudios de piano, a la vera de sus padres. Apenas había que resolver el ineludible papeleo del traslado de expediente y sopesar de qué asignaturas matricularse y si acababa alguna de las empezadas aquí. Claro que el curso no era lo único que había empezado aquí en Madrid, unos tallos inconcebibles habían brotado de la nada y estrechaban su ser al del chico que de pronto ocupaba su casa, no sólo su casa. En el corazón notaba las raíces de esos tallos invisibles, haciéndose fuertes. Aún estaba a tiempo de arrancarlas, cortar de raíz la savia que circulaba de ella a él, de él a ella. De hacerlo volaría ligera, a Amsterdam o adonde fuera. No temería al marcharse el tirón de los tallos, capaces ellos de arrancarle el corazón, si los riega y alimenta con expectativas de futuro. Es mucho el futuro que cabe en una joven de diecinueve años, ¿podía Abel llenarlo?, ¿el muchacho de los ojos tristes?, ¿llevaba tierra suficiente en el macuto para abonar la maceta del tiempo? De momento parecía cargar con el pasado más que encargar un floreciente porvenir. Ella estaba dispuesta a ayudarle a soltar lastre, pero no a que el peso recayera en sus espaldas, ni a que ello le impidiera desplegar las alas. Quería un compañero, no un ancla. Ya se llamara luego el puerto Amsterdam o un puerto sin mar como Madrid. No las tenía todas consigo en cuanto al traslado, sin embargo prefería tomar la decisión ella sola, que ningún tallo, por mágico que fuera, la presionara o condicionara, para hacer suyas las consecuencias, a ser posible con el mínimo de remordimientos. Por otro lado, cómo renunciar a la emoción de lo inesperado, cuándo había desconfiado ella de lo que le ofrecía el destino, jamás, por qué iba a hacerlo ahora, a quién mataba al cortar los tallos sino a una parte de ella, con qué taparía después el cadáver de los tallos tirados en el suelo. En definitiva, que estaba hecha un auténtico lío.
....Abel por su parte vivió los siguientes días con la confusión de los sentimientos encontrados, su deseo chocaba con el repentino orden impuesto por Sara, el sueño mostraba su reverso a través de un intercambio de papeles de última hora, la disciplina a la que se había agarrado por costumbre para mantenerse a flote le venía dada precisamente por la sirena que inflaba sus velas. No había soltado amarras para toparse con otra madre, ni con otro salvavidas con forma de ojo autocorrector, de ese tipo de boyas escapaba, bastante le habían limitado su brazada, ya era mayorcito para nadar en mar abierto por su cuenta y riesgo. Por de pronto iba a pagar el alquiler de su habitación, las cuentas claras, y cumplía con las obligaciones domésticas, bien le recordaba ella que tenía que limpiar o hacer la compra; por no hablar de las atenciones que debía dispensarle, las cuales no valía aceptarlas con un sí a secas, había que llevarlas a cabo con un sí convencido. Por supuesto que te voy a acompañar allí y allá, y te esperaré a la salida, nada me haría más dichoso…, aunque supiera de su impuntualidad, que la espera se prolongaría de manera impredecible, hasta verla aparecer como si nada con algún compañero de clase, del que sentiría celos, porque no estaba en su mejor momento y pecaba de inseguro, en qué medida había salido él del cascarón o le habían sacado de ahí las circunstancias, su cruda realidad, a sangre y fuego. Todavía padecía las secuelas de conocer la violencia en carne viva, Abel no distaba de ser una virgen violada por la realidad.


© Ricardo Guadalupe