martes, 19 de mayo de 2015

La metáfora que no le había gustado

....La metáfora que no le había gustado a Sara era la que acababan de leer, la del charco. «¿Si tú eras un charco yo qué era?», le preguntó. «Pues…, un estanque, de aguas cristalinas», contestó nuestro “Romeo”. «¿Como ese que tenemos enfrente? Vamos a acercarnos». Dicho y hecho. Ella se levantó como un resorte y él la persiguió a la carrera hasta el borde del estanque. Unos turistas alemanes, ávidos de excentricidades, prepararon las cámaras por si se tiraban. «Hay cristales –Señaló Sara–. Incluso las aguas cristalinas, en el fondo, esconden cristales rotos». «No me importa cortarme –confesó Abel–. Quiero merecerte. Yo me tiro». «Mi osado caballero, puesto que la decisión está tomada, tírese lanza en ristre, mas sobre esta carne y estos huesos –Se sentó en el empedrado, con la cara hacia él y apoyada en los brazos hacia atrás–. Que ha de saber que la mujer no es de cristal. Que ésta que le habla no es ningún estanque. Y que veo delante a alguien que puede ser impredecible, pero nunca un charco». El recién armado caballero saltó encima de ella y a los turistas no les quedó más remedio que aplaudir, a falta del tragicómico chapuzón celebraron la épica tragicomedia.
....De vacaciones sobran los motivos de celebración. De paseo romántico por las calles de Madrid tres cuartos de lo mismo. La pareja de tórtolos flotaba por la ciudad con las alas de Cupido. Se cogían de la mano, se calentaban los corazones. Aceptaban protagonizar su propia historia, haciendo que sentimiento y voluntad fueran una sola cosa. Para detener el tiempo en imágenes, cumplieron con el ritual de bajar al Metro y hacerse una tira de fotos en la cabina del fotomatón. Hacían el tonto, se reían de ellos mismos. Entraron en un karaoke para cantar a los cuatro vientos con la desvergüenza de la alegría. Sara se desgañitó a gusto con “Háblame de ti”, de los Pecos, y Abel cantó a grito partido “Vivir así es morir de amor”, de Camilo Sesto. Habían elegido los temas a conciencia, la afonía estaba asegurada. Salieron con tan poca voz como luz le quedaba al día. Paulatinamente otra claridad la reemplazaba. La noche venía vestida de luna, su manto blanco envolvía el cielo madrileño. Abel dirigió la vista de Sara hacia el firmamento, deseaba compartir aquello que tantas veces había contemplado en solitario. A ella le empezaba a hacer mella el cansancio, repartía su atención entre la bóveda celeste y su terrenal dolor de pies. Disfrutó bastante más de las estrellas cuando él, de improviso, la subió a caballito sobre los hombros, levantando las manos para que se sujetara a ellas. Desde lo alto, conforme concluían el camino a casa, acertó a percibir el titilar de los astros y al momento los vio con los ojos de Abel. Las estrellas eran lágrimas, el cielo lloraba de emoción porque la luna salía a su encuentro y no le abandonaba en la oscuridad de la noche. Con esta poética visión se quedó dormida nada más caer en la cama. De madrugada, las manos se despertaron, buscaban a tientas, eran la avanzadilla de los ejércitos del deseo. Ninguno opuso resistencia. Ganaron los dos. Vencidos por la victoria, ella retomó el merecido descanso y él se levantó en busca de avituallamiento. El botín que le ofreció la nevera consistía en unas espinacas, panettone comprado y varios alimentos caducados, últimamente habían descuidado la cocina. Cogió el panettone y se fue dándole mordiscos hasta el comedor para asomarse a la ventana de la terraza. La luna seguía allí arriba. Abajo no había ni un alma por la calle. Tan solo un coche con el motor encendido, seguramente por la calefacción. Abel supuso que dentro habría otros amantes aprovechando el tiempo. La puerta del conductor se abrió, quizás para darle la razón. Pero lo que salió no tenía el aspecto ni mucho menos de estar de fiesta. Un Himalaya de hombre, enfundado en una gabardina, desentumecía los músculos haciendo crujir los nudillos, ocultos por unos guantes de cuero. En vez de un cuello parecía que tuviera tres. Lo flexionaba a duras penas a izquierda y derecha. El siguiente movimiento fue el que acabó de desconcertar a Abel. De un segundo a otro lo tenía mirando en dirección a su terraza, sin titubeos. La luz estaba apagada, por lo que se tranquilizó diciéndose que no podía verlo. Y sin embargo la mirada no se desviaba, se mantenía en punto muerto, como el motor del coche y su continuo runrún.


© Ricardo Guadalupe

lunes, 11 de mayo de 2015

De un día para otro

....De un día para otro, el mundo se había reducido para ellos al espacio que comprendían las cuatro esquinas de la cama. Y más concretamente, a la tierra prometida que habían conquistado y que se dedicaban a explorar. El kit de supervivencia incluía una botella de vino a modo de cantimplora y un tubo de leche condensada para recuperar energías. La sugestión floral la aportaban unas gotas perfumadas que Sara había diseminado presionando un dedal de goma. El mismo que dispensa la mercromina a los boy scouts, el que en cambio se decanta por aplicar aceite esencial de lavanda cuando éstos son amantes. Al caer la tarde, el rojo crepuscular del horizonte indómito lo traía el tinte de un pañuelo colocado al efecto por encima de la lámpara de la mesilla. Entonces las sombras daban relieve a sus cuerpos. Tumbada de costado, a su lado, Abel veía una cordillera. Y así se lo hizo saber a ella, se lo escribió en un post-it que le pegó a la cadera. Siguiéndole el juego, Sara eligió la zona de las costillas para ponerle a él otro con la palabra “olas”. Después, se puso uno en el ombligo para que fuera Abel quien nombrara ese paisaje. “Oasis”, se pudo leer al rato en el post-it del ombligo. “Aldea” quedó escrita en el que él se pegaría a continuación en los dedos del pie. “Soles”, “Tormenta”, por turnos, en medio de los pechos, y en un bíceps tensionado. Las imágenes que Abel veía en ella y Sara en él espoleaban su afán de buscadores de tesoros y llenaban su piel de papelitos amarillos. Para completar el cuadro y ocupar los últimos resquicios, él sugirió emplear los sellos destinados a las cartas pendientes de enviarle, a lo que ella se negó en redondo, proponiendo mejor deshojarse mutuamente e ir juntos a la bañera. Entremedias les esperaba el frío pasillo, quizás por eso, una vez desperdigados los papelitos por el suelo, Sara se puso la camisa de Abel, aunque ni siquiera le cubriera por completo, a la vista de él, su sonrosado culo de melocotón. Bajo el agua de la bañera, bucearon con la brújula del sentido del gusto. Y luego, al salir a la superficie, ella le pidió que se vistieran cuanto antes, para poder desvestirse de nuevo. No se lo tuvo que decir dos veces, Abel se tiró a por la toalla que sustituyó por la camisa tan pronto como estuvo seco, y tan pronto como la tuvo abotonada le plasmó Sara dos redondeles por no esperar a secarse antes de besarlo. Se amaban, se eran, él la amaba y ella a él porque formaban parte el uno del otro y el uno en el otro, como en una cópula infinita.
....Pasó la primera noche, que en su caso duró varios días, y el amor despejó la incógnita que plantea el deseo consumado. Iban a amarse también en los actos cotidianos, fuera de la atalaya de su dormitorio. Superaban, digámoslo así, la prueba del algodón de la mañana siguiente. No ocurre precisamente siempre, ojalá fueran igual de irrefrenables las ganas de dar amor que de echar un polvo. El amor saca lo mejor de las personas. Comer, eyacular o dormir te hacen sobrevivir, pero no mejor. Y definitivamente sobrevivir no es vivir, vivir es amar.
....Abel se había llegado a sentir como un charco a su lado, cuando conoció a Sara. Lo leían ahora en una de las cartas. Un charco de agua sucia susceptible de ser pisado por ella sin darse cuenta. Sólo vencer la vergüenza, maldita enfermedad, y la inseguridad, al fin y al cabo el amor no es algo asible, podía posibilitar que se fijase en él. Y entonces quién sabe, los resortes del amor son diferentes a los de la razón. Juega un papel importante el inconsciente. El arrebato, la pasión o el ridículo surgen de ahí. Ya lo intuía Abel al escribir que cuanto más se desinhibiera, se abriera y se aceptara, mayores serían las posibilidades de que Sara mirara el charco y viera en él, por qué no, una fuente de la que beber.
....Mucho tiempo después, y tras no pocas convulsiones internas, sobre todo por parte de Abel, se encontraban acurrucados en un banco de los Jardines de Sabatini, leyéndose el pasado por medio de esa carta. Exploraban su nuevo día, con el espíritu vivo de la larga noche. Igual que habían concentrado el ancho mundo entre las paredes de su dormitorio, reducían la realidad exterior para conservar la sensación de que todo podía estar en sus manos. Las casas eran tiestos y las bicicletas anteojos. Ganaban en confianza con metáforas de este tipo. Y de paso se divertían de lo lindo.


© Ricardo Guadalupe