sábado, 6 de febrero de 2016

Sin esta fe en otro mundo posible

Sin esta fe en otro mundo posible, humano, más justo, más fraternal, no podremos resistir.
Sin esta convicción nos entregaríamos a salvaciones individuales, algo aberrante y además inútil.
Ernesto Sábato


....–¡Adelante! ¡Encumbremos a los asesinos y no a las víctimas! ¡Ancha es Castilla! –gritaba irónicamente alguien mientras leía un periódico atrasado–. Total, qué nos importan las historias de las víctimas comparadas con las de los asesinos, de un valor mucho mayor, ¡dónde va a parar! Además, así con suerte algún pirado querrá matar para tener su minuto de gloria en los medios. “Se buscan asesinos”, parecen anunciar a toda página, “cuanto más morbo provoquen mejor”. Porque hay que ver lo que le gusta a la gente recrearse en las desgracias, rasgarse las vestiduras… Y si el número de muertos es alto apaga y vámonos. Ahí tendréis a la gente golpeándose el pecho frente a los televisores, con la íntima sensación de estar viviendo algo único y memorable, muy diferente a sus anodinas vidas. Más que rentables son las desgracias para los medios. “Demos al público cualquier cosa que nos de dinero”, es su consigna. Qué más da que los programas del corazón no tengan corazón, que se haga espectáculo del sufrimiento o que los informativos estén manipulados. Cualquier día nos pondrán una violación en directo y será récord de audiencia. O se pone freno a esto, o nos acostumbraremos a dar por bueno lo que en absoluto lo es. Pero qué se puede esperar de los políticos, con su blablablá. No sólo están dormidos, encima molestan con sus ronquidos. ¿¡Dónde están los sabios del país!? Da igual, nadie quiere preguntarles dónde poner los límites.
....Abel nunca había escuchado hablar a alguien de ese modo. Le sirvió para desperezarse. Había dejado de llover. El nuevo día traía las idas y venidas de los viandantes y un tam-tam continuo procedente de los coches que pasaban por el Viaducto. Se despegó de los cartones sobre los que había dormido y pateó el suelo para calentarse los pies y desentumecerlos. Aquello de los asesinos y los medios de comunicación conectaba con lo que le explicaron los extraterrestres acerca de los bloqueadores y lo bien que les venía la difusión visual de sus asesinatos, para que esos recuerdos se enquistaran en la memoria colectiva y bloquearan a la especie humana. Casualidad o no, se acercó a conocer a quien hablaba de modo tan vehemente.
....Estaba sentado enfrente, con el periódico abierto y las lumbares apoyadas en un saco de dormir enrollado. Estiraba el cuello para rascarse la barba por encima de la bufanda. Y braceaba a la vez que hablaba, daba ostentosos manotazos en el aire. De cerca, se apreciaban sus profundas ojeras y la ausencia de algunos dientes. Tenía el aspecto de haber pasado una mala noche, una mala noche que duraba ya demasiado.
....–¿Nos enseñan a pensar? No, a obedecer –seguía a lo suyo, hablando con la mirada perdida, en su mundo–. ¡Formen filas!, ¡ar! Tú detrás, tú más atrás y tú a la cola. La formación es castrense y gregaria. Y fría como un pelotón de fusilamiento. Acata la orden o tú serás el siguiente. Es por tu bien, ya verás. ¡Cuánta hipocresía! Vaya educación reciben nuestros hijos. Para colmo los libros de historia encumbran a personajes como Napoleón, Julio César o Alejandro Magno, que dedicaron sus vidas a causar muertes e invasiones. ¡Lo que llaman historia de la humanidad es una historia de macarras! Eso sí, memorízalo que hay examen el lunes. Y luego están los que se lo graban a fuego para siempre, los que, cómo decirlo, no es que busquen alguien que les dirija, es que están deseando obedecer. Gente sumisa que ignora que el hombre hoy en día desprecia al hombre a su merced. El mal está llegando a cada rincón, como si las alcantarillas se hubieran desbordado, inundando las calles. Como si la inmundicia rebosara incluso por los retretes de las casas. Como si, en definitiva, no se pudiera dar un paso sin meter el pie en un charco de mierda.


© Ricardo Guadalupe

miércoles, 27 de enero de 2016

Lo atraparemos

....–Lo atraparemos, claro que sí. Y no te agobies, te dejaré espacio para que pienses tus cosas, siempre has sido un poco raro. Ni te darás cuenta de que estoy cerca, vigilando. Mira a tu alrededor, hay al menos cuatro o cinco guardaespaldas de famosos, pero si no te fijas ni se nota que están.
....Abel no parecía muy convencido. Tampoco le gustaba el ambiente que le rodeaba. Se levantó al aseo a echarse agua. Ocupado. Se quedó a la puerta esperando. Entonces observó que uno de los refinados camareros abría una puerta oculta en la pared del fondo inclinando el marco de un cuadro. No se lo pensó, al momento estaba accionando la apertura de la puerta de idéntico modo. La pintura en cuestión representaba una posición del Kama sutra. Franqueó la puerta y vio lo justo antes de que le saliera al paso un empleado del club, que le advertía de que no podía estar allí. «Yo no estoy viendo nada, ¿de acuerdo? –repuso Abel fríamente–. Pero necesito salir por la puerta de atrás y que le dejen un recado a mi amigo».
....Afuera, una bandada de pájaros ensombrecía la luna, una luna menguante que recordaba a la fina hoja de una guadaña. A los ojos de Abel, era como si aquellos pájaros, hambrientos, la hubieran devorado a picotazos casi en su totalidad. Al nivel del suelo, otro tipo de “pájaros”, éstos con piernas, y más bien sedientos, hacían su particular migración hacia los bares de copas. Abel siguió su estela. Última parada: los Bajos de Argüelles. A Martín le había dejado el recado de que se verían mañana. Brindó a su salud y se bebió de un trago el chupito de un cocktail que le había llamado la atención, más que nada por su nombre: “sentencia de muerte”. «Ojalá los malos tragos de la vida pasaran igual de rápido», pensó mientras pedía otro.

....A las 24 horas, todavía con resaca, volvía de nuevo a explorar la madrugada. No del todo solo, con Martín siguiéndole los pasos. A ese acuerdo habían llegado durante el día, después de una tensa discusión:
....–Anoche podía haber hecho que te detuvieran. Poniéndote tú en riesgo pones en riesgo la investigación.
....–¿Diste el parte en la comisaría?
....–No. Porque soy un blando y porque no adelantamos nada metiéndote en una celda. Pero vuélvelo a hacer y pido el cambio. A ver si te las entiendes mejor con Román Antúnez o alguien por el estilo. Ponme a prueba y te dejo a tu suerte.
....–Mi mala suerte, querrás decir. Confío en que no sea contagiosa, por tu bien.
....–No me vengas con historias. Tú déjame hacer mi trabajo y todos contentos.
....–Como quieras. De verdad que mi intención no es causarte un problema.
....–Pues lo demuestras regular. Quizás no sea tan mala idea evitar mezclar las cosas y ceñirme a mi labor de vigilancia.
....–Yo no he dicho eso.
....–Bueno, entonces lo digo yo.
....Y asunto zanjado. Esa noche salieron en coche sin intercambiar palabra. Abel entraba primero en los sitios y Martín después. Cada uno a lo suyo. Un motivo más para que Abel deseara perderse y desconectar de todo. Por eso le gustó encontrar, cerca de la plaza de Santo Domingo, un garito de recovecos siniestros, laberíntico, donde era fácil perder la orientación. Al salir, no subió al coche con Martín. Optó por dejarse llevar por la ligera pendiente, calle abajo, girando a derecha e izquierda como lo haría un reguero de agua, yendo a desembocar en la explanada de la plaza de la Ópera. Cruzó la plaza de la Ópera, echó de menos a Sara y avanzó bajo los inmutables ojos de las estatuas de la plaza de Oriente. Se decidió por tomar la calle de Bailén en dirección a la Catedral de la Almudena, que pasó de largo, y dobló a la derecha en cuanto el camino le mostró una nueva pendiente hacia abajo. Apareció en la Cuesta de la Vega, en el preciso instante en que empezó a llover.
....Llovía fuera y dentro de Abel. Desamparado, buscó un techo bajo el que cobijarse. No era el único. Los gorrillas de la Cuesta corrían hacia la protección más próxima: la que brindaba el Viaducto de Segovia. En su parte menos alta, el Viaducto cubría un tramo peatonal flanqueado por cartones y mantas. Unas veinte personas sin hogar lo habían elegido como refugio para su momento de mayor debilidad: el sueño. Ninguna hizo un caso especial a la llegada de Abel. Él sí prestó atención a un matrimonio que surgió tras él sujetando un paraguas y que, para su sorpresa, se acomodó entre los cartones de forma rutinaria. La lluvia, con su repiqueteo monótono y sostenido, provocaba en el ánimo un efecto similar al que infunde el crepitar de un fuego o el rumor del mar. Un embotamiento de los sentidos que vino a acentuar el canto espontáneo en voz baja de un senegalés. Cantaba en su lengua materna, concentrado en un viaje espiritual e imaginario a su tierra natal, invocando el alma remota de aquellos valles. Mientras tanto, a una distancia mucho más cercana y real, a cincuenta metros o así, Martín reclinaba el asiento de su coche. Se ponía cómodo, adivinando lo que Abel iba a hacer: dormir su primera noche a la intemperie.


© Ricardo Guadalupe