lunes, 20 de abril de 2015

Leyendo "La nieve estaba sucia" de Georges Simenon

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, Georges Simenon, que había permanecido en la Francia ocupada, fue acusado de colaboracionista. Peor fue el caso de su hermano Christian, el favorito de sus padres, por quien tuvo que interceder para salvarle la vida, puesto que en su Bélgica natal había ejercido de auténtico aliado de los nazis, hasta el punto de relacionársele con un oscuro episodio que había dejado una treintena de muertos. La única salida para su hermano menor fue enrolarse en la Legión extranjera francesa e ir a morir a Indochina. Por su parte Simenon, bajo sospecha en el país galo, decidió marcharse a Canadá y luego a los Estados Unidos, afincándose en Tucson, Arizona, donde escribió en 1948 La nieve estaba sucia.

Muchos han querido ver en el colaboracionista sin principios protagonista de su novela al hermano muerto. En cambio Simenon, hace verdaderos esfuerzos por no situarla en ningún lugar ni tiempo concretos, “porque quería que el ocupante fuera lo más neutro posible para mostrar que un hombre puede ser llevado a las peores atrocidades en cualquier país ocupado por cualquier ejército”, afirmó el autor.

“Hamling ha dicho terrorista, como los ocupantes. Otros emplean la palabra patriota. Eso no significa nada. Sobre todo cuando se trata de un funcionario. Es muy difícil adivinar lo que piensa”. No sabemos si le invadió el desierto de Arizona, sí que el silencio que impera en sus personajes se palpa en el frío y sucio ambiente en el que se escenifica la historia, de ahí el título: “La nieve sigue estando sucia, los montones de nieve parecen podridos, con marcas negras e incrustaciones de desechos. El polvo blanco, que a veces se despega de la corteza del cielo y cae en pequeños grumos, como el yeso de un techo, no consigue recubrir esa mugre”.

Este es el caldo de cultivo de Frank, el desalmado protagonista. En un sistema social en el que la violencia gratuita es el pan nuestro de cada día, el joven Frank se forja un carácter absurdamente cruel. “Un mocoso, sí, eso es lo que eres. ¡Un jovencito crápula que se cree que puede permitírselo todo porque su madre tiene un burdel!”, le dice una de las prostitutas, para él el sexo es un mercado de carne. “No se toma la molestia de contestar ni de encogerse de hombros. […] Mira a la gente que le habla como si no la viese, y sigue actuando como si no hubiera oído nada”. Pero no es solo indiferencia: rechaza, e incluso desprecia, cualquier demostración de afecto, en realidad cualquier acto que delate sentimientos.

Así las cosas, es fácil intuir ya la dureza de la narración. Al dichoso Frank la vida le aburre, por lo que no se le ocurre nada mejor que hacer el mal para provocar a la gente, crearse enemigos y que pase algo. La descripción del personaje y sus procesos mentales es estremecedora al tiempo que muy acertada. Nos presenta a un enfermo mental con claras tendencias autolesivas y al que no le importa llevarse a quien sea por delante.

La asepsia moral que impregna la novela me recuerda y mucho a otra publicada unos años antes: El extranjero, de Albert Camus. De esta manera, Frank sería la versión que Simenon hizo del Mersault de Camus. Lo cierto es que el tono contenido y crudo de La nieve estaba sucia conecta plenamente con la corriente existencialista, de la que el libro del premio Nobel es paradigmático.

Sólo algo igual de irracional que el mal, pero por oposición, puede salvar a Frank:... (pincha aquí para ver el texto completo y seguir leyendo)


© Ricardo Guadalupe

lunes, 13 de abril de 2015

Leyendo "Crematorio" de Rafael Chirbes

Es una obra maestra, ya está dicho, no me voy a andar con rodeos, ahora si queréis os cuento por qué, pero prefería decirlo desde el principio, para situaros. Empecemos entonces a enumerar sus virtudes. En primer lugar la más impactante, su determinante compromiso con su tiempo, con el hoy, no nos habla ni de la guerra civil ni de los reyes católicos, nos habla de la cultura del pelotazo, de la mafia inmobiliaria, extorsiones s.a., de “una sociedad convulsa en la que la destrucción del paisaje adquiere valor de símbolo”, como reza la contraportada. Es decir, da testimonio, en el 2007, año en que fue publicada, de lo que ocurría, y lamentablemente sigue ocurriendo, en España; de lo cual no hemos sido plenamente conscientes hasta que no ha venido el mazo de la crisis a golpear las bases de los pilares de nuestro sistema económico. “Capitalismo crepuscular que no cree en la continuidad de la familia, en herencias y gananciales; resultado: como no creo en nada, me lo como todo, viva la bulimia”, palabra de Chirbes.

“En sólo diez años, la propiedad ha dejado de ser de los pequeños campesinos y ha pasado a manos de una mafia compuesta por apenas media docena de constructores corruptos (mafia, camorra o n’drangheta, llámenla como gusten, decía textualmente el artículo), ya nos contó Marx que el capitalismo nace destruyendo la propiedad privada que dice defender. Sólo de arrasar la propiedad privada puede surgir la acumulación primitiva de capital”. Ahí queda eso. Estamos ante un autor claro y directo, despiadado, cualquier cosa menos hipócrita. También indignado, por la “ciudad en crecimiento incontrolado, por todas partes cosas a medio terminar y ya en funcionamiento”.

Otra virtud de la novela, otro toque maestro, es su manera de mostrar los claros y las sombras de los personajes, del ser humano, porque nada es blanco ni negro: “Un hombre que no sabe distinguir el color gris está perdido”. El resultado es una rica ensalada de puntos de vista que da cuenta de la complejidad de las personas y de las motivaciones, siempre las hay, que esconden sus actos. Por tanto, el enfoque del libro no es en absoluto sesgado, contiene una mirada bastante centrada que dialoga con el lector de tú a tú, sin condescendencia. Serás tú, lector, el que dibujes los cuernos o las alas a los personajes, si tienes esa manía.

No te olvides de dibujar en todo caso la pirámide de las clases sociales, coronada por el dinero, que disecciona Crematorio, aunque distinguiéndola de la felicidad: “El dinero lo es todo cuando no lo tienes, pero, cuando lo tienes, vuelve más evidente lo que te falta, y, con ese hombre, no te quepa duda de que te van a faltar muchas cosas”. Sabiamente, se está refiriendo al escaparate de las vanidades, y digo sabiamente porque los planteamientos están conectados con la realidad, armados con el conocimiento práctico del entorno.

Decir inteligencia y Chirbes es redundante, rebosa en la forma con que describe los personajes, o explota el lenguaje y sus múltiples posibilidades, o introduce las metáforas al hilo de la historia, o documenta las disquisiciones acerca de la vida y la mala vida… Hay psicología, sociología, acción… Todo cabe en el caserón de la vida, en este libro que define lo que es literatura, el placer especialísimo de las letras. Un tour de force narrativo de Rafael Chirbes, que se vuelca sobre Crematorio para nuestro deleite. La novela es a-co-jo-nan-te, la polla en verso, de las que te hacen soltar vulgaridades como estas, como cuando follas desinhibido.

Arranca y notas que tiene un plan, con líneas bien trazadas, para llegar a todas partes con razón de ser. Por ejemplo, habla de Rusia porque... (pincha aquí para ver el texto completo y seguir leyendo)


© Ricardo Guadalupe

lunes, 6 de abril de 2015

Fotos Presentación, Concurso y Lectura

Actos de "Relatos con abrelatas" en imágenes:

En la Iglesia de san Lorenzo, Úbeda, el 29/03/15. Acompañado por el escritor Manuel de Mágina:

 
En el Salón Cívico, Villaviciosa de Odón, el 21/03/15. Entrego como jurado los premios del I Concurso de relato corto "María Luisa Gefaell":

 
En Diablos Azules, Madrid, el 05/02/15. Presentado por Adrian Gualdoni. Y entrego el premio de la jam session de ficción breve:

lunes, 30 de marzo de 2015

Es curioso

....«Es curioso –dijo Abel, iniciando otro diálogo–. Y gracioso». «Sí, curioso y gracioso», respondió ella, pero refiriéndose a algo diferente, levantando el papel rectangular, que resultaba ser un sobre y no un marcapáginas. «Es un traje regional segoviano –dijo Abel hablando del sello, por no hablar del contenido–. No sé si te habrá llegado el de Zaragoza, y esta mañana pegué el de Jaén –continuó hablando el callado de Abel–, me hice con toda la colección, para enviarte las cartas, ya sabes, una a una, paso a…». Sara le tapó la boca con una mano. Con la otra se buscó una lágrima, en la que mojó el dedo índice. Después llevó la yema del dedo a la mejilla de Abel y fue dejando su rastro salino a medida que deslizaba el improvisado pincel hacia la mandíbula y el cuello. En el momento en que el jersey de Abel se convirtió en un estorbo ella le desvistió de cintura para arriba, suavemente, con la misma suavidad con la que siguió acariciándole la piel. Abel entendió el arte efímero que defendía Sara en la pintura, las caricias se consumían en el instante mismo en que se realizaban, dibujaban trazos invisibles en el lienzo de su torso y de su espalda, arte intenso que sólo se vive una vez, igual que la vida. Abel se cuestionó seriamente cómo había podido sobrevivir sin que le tocaran. A las caricias las sucedieron los besos y los abrazos y al salón lo sucedió la habitación de Sara, otro rincón secreto, el más secreto de todos ellos. Una pareja, si nos fijamos, son dos líneas paralelas: ya sea en vertical, paseando, o en horizontal, sobre la cama, del modo en que estaban Sara y Abel. Se habían estrechado, reconocido y saboreado hasta quedarse sin saliva, sin fuerzas y sin un ápice de distancia que les separara. Dormían con los pies entrelazados y él sentía la respiración de ella en la espalda; porque en realidad Abel no dormía, miraba de lado las estrellas fosforescentes adheridas al techo del dormitorio. Fuera, veía brillar a través de la ventana las auténticas. Ojalá no se apagaran nunca; le entraban ganas de subirse a una escalera gigante y grapar las estrellas a la cúpula celeste, para que duraran por siempre, como la respiración de Sara en su espalda.

....Los días inmediatamente posteriores fueron de un apetito voraz. El hambre que se tenían iba en aumento pero no terminaban de saciarlo del todo, los dos eran primerizos en estas lides. Así que lo trasladaron a la cocina, se dedicaron a preparar un plato tras otro, parecía una competición. Llenaban sus estómagos con un amplio abanico de recetas, Sara no hubiera adivinado la faceta culinaria de Abel, lo cierto es que él tampoco. En cambio ahí estaba, cocinando hoy pasta y mañana lombarda, con sus manzanas, piñones y demás. Ella por su parte se había volcado en los dulces, su especialidad el tiramisú, conmovía la cuidada simetría de las capas de bizcochos empapados en café y licor. Y qué decir de la mano que tenía para el pan brioche, que rellenaba de mermelada de naranja. Aunque ni con esas aplacaban su perentorio deseo. Los ojos de Abel se iban al ángulo en el que confluían las torneadas piernas de Sara, el mar en el que desembocaban dos ríos y en el que él quería desembarcar. Le confundía el contraste entre el cariño con el que aderezaban cada alimento y el ímpetu con el que se lo comían; la diferencia, si la había, entre cocinar y amar. Por el contrario, si no había tanta diferencia, las dudas se le despejaban, tumbarla encima de la mesa y comerle el sexo mañana, tarde y noche sería asimismo un acto de amor. El “You are so beautiful” de Joe Cocker no tenía por qué estar reñido con el “I feel you” de los Depeche Mode, se decía, para aclararse.


© Ricardo Guadalupe

martes, 17 de marzo de 2015

Hago de jurado en un concurso de relatos

I Concurso de Relato Corto "María Luisa Gefaell":

Este sábado damos a conocer el ganador, en el Salón Cívico, Villaviciosa de Odón.

lunes, 9 de marzo de 2015

Nada había cambiado en torno a ellos

Nada había cambiado en torno a ellos;
y, sin embargo, para ella había ocurrido algo más importante
que si hubieran cambiado de sitio las montañas.
Gustave Flaubert


....Sara solía practicar con un teclado en casa, también en el conservatorio cuando encontraba un aula vacía, pero a veces prefería hacerlo en una tienda de pianos en venta llamada Rincón Musical, en la plaza de las Salesas. A todos nos gusta tener rincones secretos, donde estar con nosotros mismos, y, si acaso, con quienes sintamos como parte de nosotros. Por eso Abel se pellizcó al entrar en la tienda y hacer sonar la campanilla de la puerta, no quería perderse detalle alguno de este refugio privado al que le invitaba Sara. Cajas de música, norias en miniatura y relojes de cuco esparcían sus notas alrededor del mostrador. Junto con los más diversos mecanismos de fantasía marcaban la frontera entre el exterior y el interior, la calle y la sala del fondo, allí donde aguardaban como búfalos en la pradera los pianos de cola. Frente a uno de ellos, el de siempre, se sentó Sara, y Abel al lado. El bullicio de los pequeños instrumentos de la entrada había quedado atrás y él observaba en silencio los preámbulos de ella, sus manos entrando en calor, preparándose para acariciar aquel animal de madera. Si la música es el arte que refleja el fondo del mundo, Mozart es más filósofo que cualquiera. Y Debussy no le va muy a la zaga. Sara empezó a tocar “Claro de luna”, del compositor francés. El misterio y el dramatismo de la pieza desnudaban con delicadeza las cicatrices de Abel, le revelaban que por las grietas entra la luz, un claro de luna disipaba las tinieblas de la noche, su calvario podía significar su salvación, siempre que caminara con coraje. A Debussy le siguieron un nocturno de Chopin y una sonata de Schubert, melodías que se sumaban a la banda sonora que los días compartidos iban construyendo. Cuando Abel volviera a escuchar el nocturno de Chopin pensaría en ella, cuando Sara volviera a tocarlo pensaría en él. Y cuando volvieran a compartirlo juntos pensarían en el día del Rincón Musical, único, irrepetible.
....Irrepetible su día, e irrepetible su noche. Todavía arrullados por la complicidad musical, prepararon a cuatro manos unas empanadillas de carne, tomate y huevo para cenar. Luego Abel encendió las velas con las que Sara había rodeado la colchoneta que hacía las veces de mesa, mientras ella se ponía un pijama a rayas de colores y regresaba al salón con un libro bajo el brazo. «El postre», dijo ella. Y él comió como duerme un niño la noche de los reyes magos. Por fin, apartaron los platos y Sara acomodó en su lugar un ejemplar de “El Jarama”, de Rafael Sánchez Ferlosio. Estaba claro que había hecho sus deberes, desde la lectura de Abel había seguido su propio proceso personal. «El otro día me leíste algo que me hizo darle vueltas a la cabeza. Y de repente me acordé, no sé por qué, de un diálogo de este libro que nos mandaron leer en el instituto, nuestro instituto». Dicho esto, Sara lo abrió por una página que tenía señalada con un papel rectangular, bebió un poco de agua y le leyó el texto:
...–¿Y ahora a qué viene eso de hablarle a uno de esa forma?
...Mely lo miró y luego dijo, bajando los ojos:
...–No sé, Zacarías; que soy idiota, que se conoce que me gusta que me aguanten, ¿sabes?, eso mismo va a ser; que soy una niña gótica y me creo que…
...–¡Huenó, huenóo, páraaa…!, ¡párate ahí ya, hija mía, no te me embales ahora, por favor! Tú también es que te tiras en picado, ¡qué bárbara!; te zambulles del cielo al infierno, sin pasar por el purgatorio. ¡Pues vaya unos virajes, la órdiga! ¡Pero es que te dejas medio neumático en el asfalto, con cada viraje que pegas!, no te creas que exagero.
...–Pues sí, pues no lo dudes, no es más que lo que te he dicho… que me entra rabia de una cosa mía y la pago con el prójimo. Además, es cierto, lo sé. Bueno, si vieras, ahora… Oye, palabra que ahora me están entrando ganas de llorar…


© Ricardo Guadalupe