lunes, 30 de marzo de 2015

Es curioso

....«Es curioso –dijo Abel, iniciando otro diálogo–. Y gracioso». «Sí, curioso y gracioso», respondió ella, pero refiriéndose a algo diferente, levantando el papel rectangular, que resultaba ser un sobre y no un marcapáginas. «Es un traje regional segoviano –dijo Abel hablando del sello, por no hablar del contenido–. No sé si te habrá llegado el de Zaragoza, y esta mañana pegué el de Jaén –continuó hablando el callado de Abel–, me hice con toda la colección, para enviarte las cartas, ya sabes, una a una, paso a…». Sara le tapó la boca con una mano. Con la otra se buscó una lágrima, en la que mojó el dedo índice. Después llevó la yema del dedo a la mejilla de Abel y fue dejando su rastro salino a medida que deslizaba el improvisado pincel hacia la mandíbula y el cuello. En el momento en que el jersey de Abel se convirtió en un estorbo ella le desvistió de cintura para arriba, suavemente, con la misma suavidad con la que siguió acariciándole la piel. Abel entendió el arte efímero que defendía Sara en la pintura, las caricias se consumían en el instante mismo en que se realizaban, dibujaban trazos invisibles en el lienzo de su torso y de su espalda, arte intenso que sólo se vive una vez, igual que la vida. Abel se cuestionó seriamente cómo había podido sobrevivir sin que le tocaran. A las caricias las sucedieron los besos y los abrazos y al salón lo sucedió la habitación de Sara, otro rincón secreto, el más secreto de todos ellos. Una pareja, si nos fijamos, son dos líneas paralelas: ya sea en vertical, paseando, o en horizontal, sobre la cama, del modo en que estaban Sara y Abel. Se habían estrechado, reconocido y saboreado hasta quedarse sin saliva, sin fuerzas y sin un ápice de distancia que les separara. Dormían con los pies entrelazados y él sentía la respiración de ella en la espalda; porque en realidad Abel no dormía, miraba de lado las estrellas fosforescentes adheridas al techo del dormitorio. Fuera, veía brillar a través de la ventana las auténticas. Ojalá no se apagaran nunca; le entraban ganas de subirse a una escalera gigante y grapar las estrellas a la cúpula celeste, para que duraran por siempre, como la respiración de Sara en su espalda.

....Los días inmediatamente posteriores fueron de un apetito voraz. El hambre que se tenían iba en aumento pero no terminaban de saciarlo del todo, los dos eran primerizos en estas lides. Así que lo trasladaron a la cocina, se dedicaron a preparar un plato tras otro, parecía una competición. Llenaban sus estómagos con un amplio abanico de recetas, Sara no hubiera adivinado la faceta culinaria de Abel, lo cierto es que él tampoco. En cambio ahí estaba, cocinando hoy pasta y mañana lombarda, con sus manzanas, piñones y demás. Ella por su parte se había volcado en los dulces, su especialidad el tiramisú, conmovía la cuidada simetría de las capas de bizcochos empapados en café y licor. Y qué decir de la mano que tenía para el pan brioche, que rellenaba de mermelada de naranja. Aunque ni con esas aplacaban su perentorio deseo. Los ojos de Abel se iban al ángulo en el que confluían las torneadas piernas de Sara, el mar en el que desembocaban dos ríos y en el que él quería desembarcar. Le confundía el contraste entre el cariño con el que aderezaban cada alimento y el ímpetu con el que se lo comían; la diferencia, si la había, entre cocinar y amar. Por el contrario, si no había tanta diferencia, las dudas se le despejaban, tumbarla encima de la mesa y comerle el sexo mañana, tarde y noche sería asimismo un acto de amor. El “You are so beautiful” de Joe Cocker no tenía por qué estar reñido con el “I feel you” de los Depeche Mode, se decía, para aclararse.


© Ricardo Guadalupe

martes, 17 de marzo de 2015

Hago de jurado en un concurso de relatos

I Concurso de Relato Corto "María Luisa Gefaell":

Este sábado damos a conocer el ganador, en el Salón Cívico, Villaviciosa de Odón.

lunes, 9 de marzo de 2015

Nada había cambiado en torno a ellos

Nada había cambiado en torno a ellos;
y, sin embargo, para ella había ocurrido algo más importante
que si hubieran cambiado de sitio las montañas.
Gustave Flaubert


....Sara solía practicar con un teclado en casa, también en el conservatorio cuando encontraba un aula vacía, pero a veces prefería hacerlo en una tienda de pianos en venta llamada Rincón Musical, en la plaza de las Salesas. A todos nos gusta tener rincones secretos, donde estar con nosotros mismos, y, si acaso, con quienes sintamos como parte de nosotros. Por eso Abel se pellizcó al entrar en la tienda y hacer sonar la campanilla de la puerta, no quería perderse detalle alguno de este refugio privado al que le invitaba Sara. Cajas de música, norias en miniatura y relojes de cuco esparcían sus notas alrededor del mostrador. Junto con los más diversos mecanismos de fantasía marcaban la frontera entre el exterior y el interior, la calle y la sala del fondo, allí donde aguardaban como búfalos en la pradera los pianos de cola. Frente a uno de ellos, el de siempre, se sentó Sara, y Abel al lado. El bullicio de los pequeños instrumentos de la entrada había quedado atrás y él observaba en silencio los preámbulos de ella, sus manos entrando en calor, preparándose para acariciar aquel animal de madera. Si la música es el arte que refleja el fondo del mundo, Mozart es más filósofo que cualquiera. Y Debussy no le va muy a la zaga. Sara empezó a tocar “Claro de luna”, del compositor francés. El misterio y el dramatismo de la pieza desnudaban con delicadeza las cicatrices de Abel, le revelaban que por las grietas entra la luz, un claro de luna disipaba las tinieblas de la noche, su calvario podía significar su salvación, siempre que caminara con coraje. A Debussy le siguieron un nocturno de Chopin y una sonata de Schubert, melodías que se sumaban a la banda sonora que los días compartidos iban construyendo. Cuando Abel volviera a escuchar el nocturno de Chopin pensaría en ella, cuando Sara volviera a tocarlo pensaría en él. Y cuando volvieran a compartirlo juntos pensarían en el día del Rincón Musical, único, irrepetible.
....Irrepetible su día, e irrepetible su noche. Todavía arrullados por la complicidad musical, prepararon a cuatro manos unas empanadillas de carne, tomate y huevo para cenar. Luego Abel encendió las velas con las que Sara había rodeado la colchoneta que hacía las veces de mesa, mientras ella se ponía un pijama a rayas de colores y regresaba al salón con un libro bajo el brazo. «El postre», dijo ella. Y él comió como duerme un niño la noche de los reyes magos. Por fin, apartaron los platos y Sara acomodó en su lugar un ejemplar de “El Jarama”, de Rafael Sánchez Ferlosio. Estaba claro que había hecho sus deberes, desde la lectura de Abel había seguido su propio proceso personal. «El otro día me leíste algo que me hizo darle vueltas a la cabeza. Y de repente me acordé, no sé por qué, de un diálogo de este libro que nos mandaron leer en el instituto, nuestro instituto». Dicho esto, Sara lo abrió por una página que tenía señalada con un papel rectangular, bebió un poco de agua y le leyó el texto:
...–¿Y ahora a qué viene eso de hablarle a uno de esa forma?
...Mely lo miró y luego dijo, bajando los ojos:
...–No sé, Zacarías; que soy idiota, que se conoce que me gusta que me aguanten, ¿sabes?, eso mismo va a ser; que soy una niña gótica y me creo que…
...–¡Huenó, huenóo, páraaa…!, ¡párate ahí ya, hija mía, no te me embales ahora, por favor! Tú también es que te tiras en picado, ¡qué bárbara!; te zambulles del cielo al infierno, sin pasar por el purgatorio. ¡Pues vaya unos virajes, la órdiga! ¡Pero es que te dejas medio neumático en el asfalto, con cada viraje que pegas!, no te creas que exagero.
...–Pues sí, pues no lo dudes, no es más que lo que te he dicho… que me entra rabia de una cosa mía y la pago con el prójimo. Además, es cierto, lo sé. Bueno, si vieras, ahora… Oye, palabra que ahora me están entrando ganas de llorar…


© Ricardo Guadalupe

lunes, 2 de marzo de 2015

Conjuro

Muertos de risa, muertos de sueño,
muertos de miedo, muertos de amor.
Muertos vivientes, me has dejao muerto.
Si de algo he de morir, el día de los muertos.

Como te mueras te mato, estás de muerte.
Por mis muertos que me muero de sed.
Muero de frío, muero de asco.
Vamos a morir todos, sin morir en el intento.

Ganar o morir, morir matando.
Muerto el perro muerta la rabia.
Morir o no, el club de los poetas muertos.
Morir sin ti, te quiero a morir.

Amas de casa mortificadas.
Listas de espera mortificadoras.
Colas de parados inmortales.
Mortadelo y Filemón, Martini Bianco.

La agüita amarilla de Los toreros muertos,
Los amores que matan nunca mueren.
Muerte en Venecia, Mortal y rosa.
Españoles, Franco ha muerto.

Escribir a muerte.
Soy hombre muerto, muerto de hambre.
Escribir después de la muerte.
Vivo después de la de ellos, viven después de la mía.

Nuestro conjuro es nombrarla, tutearla.
Tú, muerte, señora estirada, ridícula.
El asesino que hay en ti es el asesino que hay en mí.
Te mato porque eres mía, en tu nombre, con tu nombre.


© Ricardo Guadalupe