lunes, 26 de enero de 2015

Vivir es lo más raro de este mundo

Vivir es lo más raro de este mundo,
pues la mayor parte de los hombres
no hacemos otra cosa que existir.
Oscar Wilde


....El macuto cayó a peso sobre el piso del recibidor y la cabeza de Abel sobre los trémulos hombros de Sara. El sobresalto de ella y el abatimiento de él encontraron refugio en un tierno abrazo. Sus corazones se acompasaron bombeando las estrofas de un poema sin palabras.
....–¿Todo bien? –preguntó la compañera de piso de Sara, envuelta en una bata a una distancia prudencial.
....–Teníamos una cita y se le debió perder el calendario –contestó Sara jocosa–. Menos mal que nosotros sabemos viajar en el tiempo, ¿verdad?
....Abel no sabía en qué día vivía pero sí dónde estaba, donde quería estar, en un lugar en el que no había una voz interior que le pidiera irse. Nueva y bendita sensación. No le importó en absoluto dormir esa primera noche en el sofá de los invitados, conciliar el sueño arropado por Sara. Menos aún ser despertado como un sapo por su princesa antes de encaminarse ésta hacia su reino muy musical, el conservatorio. Todavía no entraba la luz del día, remoloneaba por debajo de la persiana a medio subir de la terraza. El ánimo de Abel era parecido, rondaba por lo bajo. Y sus párpados a medio subir no tardaron en volver a cerrarse. Avanzada la mañana fue la claridad la que se los abrió de nuevo. En duermevela pudo contemplar vagamente cuanto le rodeaba. Una tela de vivos estampados adornaba casi por completo una de las paredes de la estancia. Junto a ella otra tela, blanca, tapaba el lienzo que sujetaba un caballete surcado por chorretones de pintura. Al otro lado había una mesa de comedor con piezas de fruta y una tableta de chocolate abierta para él. Y achinando los ojos distinguió las macetas colocadas en la terraza que tenía enfrente, por donde metía su lengua el Sol. A Abel siempre le habían fascinado esas plantas desde la calle, las imaginaba creadas por Sara, con la magia de quien es capaz de hacer cosas así: inventar algo que luego puede echar raíces.
....También observó la ausencia de televisión, ninguna pantalla amenazaba con recordar los asesinatos del instituto, la vulnerabilidad de la vida, sobre todo la de él, y ahora la de ella, con el guerrero pisándole los talones. Debería desaparecer, olvidarse del amor, que no estaba hecho para él, si ello suponía hacer partícipe al otro de sus riesgos y temores. ¿Conocería Sara lo ocurrido?, ¿y que él fue testigo? Lo de quién era él seguro que no porque no lo sabía ni él mismo. Tampoco es que de ella supiera mucho, ahora que lo pensaba. Cada uno soporta sus sombras en silencio. Y es conociendo a la persona como se va levantando el telón, para bien o para mal. Pero Abel quería estar en ese escenario, interpretar esa obra de guión incierto, que nunca es lineal, pronto se daría cuenta, y en la que el papel del otro te sitúa continuamente en una disyuntiva.
....En éstas estaba cuando su pareja de baile salió otra vez a escena, regresaba de sus clases tarareando, con un paraguas naranja que no necesitó y trayendo de la escalera un aroma a bizcocho y magdalenas.
....–¡Ummm, me chifla el olor a bollos recién horneados de la panadería de abajo! –exclamó Sara por encima del estrépito de la puerta de entrada mientras se quitaba los zapatos– Andá, ¿no te has levantado, estás malo? –dijo al acercarse descalza, tomándole acto seguido la temperatura en la frente con la mejilla– Fiebre no tienes, buena cara tampoco. Nos va a sentar de maravilla un poco de relax, verás que sí. Ah, y no te vayas a asustar, lo hago a diario.


© Ricardo Guadalupe

lunes, 19 de enero de 2015

Leyendo "La subasta del lote 49" de Thomas Pynchon

La literatura posmoderna ya huele. ¿Es que ninguna otra corriente va a tomar el relevo? Sea con el nombre que sea. Un poco de aire fresco por favor. Demasiada contracorriente en las letras posmodernistas, se diría que van incluso contra sí mismas. Este es el caso de La subasta del lote 49, una novela frecuentemente citada como ejemplo de ficción posmoderna. Me pregunto cuál fue la intención del autor, si es que tuvo alguna. En una de sus páginas se puede leer “Escucho una melodía y la descompongo”. ¿De eso se trata?, ¿de descomponer con su simulacro de trama la novela negra? Porque podría pensarse que es una burla a la novela negra, pero esto no es más que una mera conjetura, qué crítica se puede urdir con tal material, que es una descomposición en sí misma, y de su olor mejor no hablar.

Menos mal que hay pasajes en los que el autor se harta de sí mismo y cambia el posmodernismo por el humor absurdo, de manera que su protagonista recuerda en algo al Superagente 86, aunque con bastante menos gracia. Podría parecer casualidad, pero el hecho es que la novela se publicó en 1966 y la famosa serie televisiva se emitió en la NBC entre 1965 y 1969. Además en ambas historias se nombran en mayúsculas organizaciones estrambóticas como R.E.S.T.O.S. y CONTROL respectivamente. También comparten reconocimientos: siete fueron los premios Emmy que ganó Superagente 86, mientras que La subasta del lote 49 fue seleccionada por la revista TIME como una de las mejores novelas de habla inglesa de 1923 a 2005. No puedo evitar la idea de que esto último se debe a otra broma, de mal gusto. O quién sabe si influyó la aureola misteriosa que rodea a Thomas Pynchon, que padece una extrema fobia social, a lo Salinger, lo cual disparó considerablemente su cotización.

Lo que no es de recibo es la moralina de la parte final del libro, no viene a cuento. Es como si realmente se tomara en serio algo de lo que ha escrito. Confío en que no fuera así, lo contrario me infundiría una profunda lástima.


© Ricardo Guadalupe

lunes, 12 de enero de 2015

El tráfico aumentó en torno a ese gran embudo sin filtro que es la capital

....El tráfico aumentó en torno a ese gran embudo sin filtro que es la capital. Martín frenó ante el primer semáforo en rojo y retiró la sirena. Mientras, un patinador les adelantó por la acera y casi se lleva por delante a la muñeca hinchable de una despedida de soltero. El policía sintonizó música en la radio y volvió a preguntar a Abel por el lugar de destino, al tiempo que ponía de nuevo el coche en marcha. Abel hizo ademán de pronunciar una frase, sin embargo desistió y delegó en el pulgar de su mano derecha la tarea de expresar que doblaran la esquina. Con gestos no menos apagados fue guiando en cada desvío al policía. Éste, intrigado por lo sucedido con Matilde, sorprendió en un momento dado a Abel cogiéndole la mano herida que había golpeado contra la pared, dedicándole una mirada de sabueso, de casta le viene al galgo… Abel dio muestras con un quiero y no puedo de que el nudo del petate se le había subido a la garganta. «Tu madre te ha dicho que te quiere», insistió Martín. Abel movió de un lado a otro la cabeza. «Me quiere para ella, de forma egoísta y posesiva», respondió Abel, mentalmente, aunque confiado en haberse hecho entender de algún modo, el mínimo necesario para que Martín captara la idea, atara sus cabos. Delante se toparon con otro semáforo en rojo y un vagabundo comenzó a cruzar empujando parsimonioso un carro de supermercado, otra especie de petate, para entendernos. Este hombre-caracol con la casa a cuestas le recordó a Abel a aquel vagabundo al que se detuvo a observar en el lago de la Casa de Campo, en compañía de Fronte. Esta vez su reconocimiento visual le fue devuelto, esos ojos hundidos en legañas le miraban fijamente dando la impresión de leer en su mente, de principio a fin, y sin el menor atisbo de asombro. «Siempre fuiste de pocas palabras –concluyó Martín, alejando el coche del semáforo, cambiado de rojo a verde– Te hemos investigado; es comprensible, ¿no? Hicimos algunas preguntas a profesores y alumnos del instituto. La mayoría no caían, les costaba ponerte cara. ¿Sabes lo más curioso? Yo mismo fui alumno en Campos, durante los dos años que mi padre estuvo destinado en el cuerpo de policía local. Y el caso es que yo sí creo acordarme de ti, vistiendo ropa de señor mayor, escondido entre los dos auriculares de tu walkman, en tu mundo». Abel le pidió con las manos que parara, el coche. Habían llegado al portal que buscaba. Tampoco estaba para departir acerca de padres ni de mundos. En su ayuda vino a sonar en la radio una canción de The Smiths, como caída del cielo: “La suerte que tengo podría hacer que un hombre bueno se volviera malo. Así que por favor, por favor, por favor, déjame, déjame, déjame, déjame conseguir lo que quiero por esta vez”. Morrissey cantaba en su nombre. Martín le transmitió superponiendo su voz al solo de la mandolina las precauciones que debía tomar, que permaneciera localizable y en contacto, que contaba con la protección y el amparo de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado… Abel salió del coche con su macuto y a punto estuvo de resbalarse sobre la acera en una primeriza capa de hielo. Ansioso por llamar al portero automático del portal, por fin respiró cuando escuchó que ella respondía. Y entonces sí, entonces sacó fuerzas de flaqueza y se le oyó decir «Sara, ábreme, soy Abel». Tras unos instantes una puerta se le abría hacia una nueva vida.


© Ricardo Guadalupe