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miércoles 15 de julio de 2009

RCR-E-29

1.- INDICE DE ALTERABILIDAD

La resistencia al rompimiento utilizando una carga a compresión fue la óptima.
También resultó un éxito la suelta de una bola de acero al no producir rotura hasta no lanzarse desde los 2,5 metros de altura.

Antes de pasar al ensayo de abrasión, haré notar que todos los parámetros utilizados están normalizados. Así, el índice de desgaste por el citado ensayo quedó bajo el máximo al mantenerse en 50 mm.

Aún reconociendo que la composición y la estructura no son las estandarizadas, el comportamiento ante los ácidos indicó una alta idoneidad. Apenas reseñable la supuración de pequeñas formas microbiales, fósiles de una posible vida pasada.

Finalmente, tras la medición de la firmeza en un circuito eléctrico, quedó determinada, a partir del conjunto de los ensayos enumerados, la capacidad para resistir al medio sin deterioro alguno. El resultado es concluyente: Soy Piedra.


2.- ETIQUETA DE IDENTIFICACIÓN

Este ejemplar de piedra fue codificado, a su llegada al presente Instituto Geológico Minero, por dos siglas: la primera corresponde al nombre inglés de la especie, según el Glosario Fleischer de Especies Minerales, y la segunda al país de procedencia. A ellas se añade un número correlativo.

Su formación es de origen sedimentario. La capa inicial creció con la acumulación de restos orgánicos, hasta alcanzar una fase reproductora, que creó una costra viscosa, que a su vez atrapó depósitos de fango. A medida que este último sedimento iba haciéndose más denso, más se bloqueaba el paso de la luz solar. De este modo, la vida comenzó a migrar hacia afuera, convirtiéndose gradualmente la capa antigua en piedra.

Tras el método de explosiones controladas, surgió definitivamente mediante la introducción de una cuña de temperatura cálida, que al enfriarse hizo las veces de palanca para hendir la piedra y arrancarla finalmente de su yacimiento.


3.- EL VUELO DEL METEORITO

Ha pasado mucho tiempo. Ahora he llegado a otro planeta. Aquí se me honra y venera. Cuentan hermosas leyendas acerca de mi procedencia. Dicen que simbolizo su salvación.

Yo tengo disminuida la aspereza de mi superficie debido a la acción de las corrientes supersónicas de aire al entrar en la nueva atmósfera.

Pero, del mismo modo que esta erosión no me causó ningún dolor, tampoco las ofrendas me hacen sentir felicidad alguna.

Soy como una pantalla de cine, insensible a las escenas en ella proyectadas. Ya sean de rencor, dogmas o amor.

No sé en qué momento llegó el crepúsculo de mi sentimiento. Creo que lo perdí hasta para darme cuenta de que ya no estaba.

Aunque quizás sigue ahí, latente, entre las paredes creadas por el sistema inmunológico en forma de tubérculo. Allá donde emoción y sensación lo buscan, clamando que les dé sentido, en nombre de ellos, y del resto de la estratificación humana.



© Ricardo Guadalupe

miércoles 8 de julio de 2009

El reloj de la esperanza


6 de la mañana en el barrio Trinidad, Medellín.
Me gusta despertar con el ruido de tu moto, deshacerme entonces de las manos de mi padre sin que se despierte y salir a tu encuentro. Me gustas tú.
Me gusta el modo en que te colocas el fusil a la espalda para recibirme con los brazos sobre la moto. Luego tuerces la cicatriz que te parte el labio y que disimula tus diecisiete años. Yo la acaricio mientras tú pegas tu camiseta a mi piel. Me gusta.
Te pregunto por cómo ha ido la noche, pero tú mueves la cabeza de un lado a otro. “Mejor no sepas” me dices antes de irte y dejarme unos billetes hechos una pelota. La noche ha ido bien.
Me gusta jugar con la pelota de billetes sobre mi vientre. Ahí vive nuestro hijo desde hace sólo un mes. Será un varón, seguro. Y tan valiente y apuesto como su padre.

6 de la tarde en el barrio Trinidad, Medellín.
Todas las chicas salen de las casas a tu paso para tocarte. Quieren que seas su hombre. Menuda polvareda levantan. No me gusta.
Yo las mataría a todas, te hablan como si te estuvieran lanzando besos y eso me enfurece hasta el punto de gritarte que sólo me mires a mí. Qué voy a hacer, si tú eres mi corazón.
Gracias a Dios que no te enfadas y me hablas con tu voz lenta. Eres tan calmado, no recuerdo haberte visto nunca parpadear. Me cuentas que pronto iremos a vivir a un rancho en la costa, que te retirarás a tiempo, no como tu padre. Me gusta oírte decir eso.
Al rato estamos montados en la moto subiendo camino arriba hacia la parte alta del barrio. El aire entra por tu camisa abierta y la abomba por los costados. Detrás estoy yo bien agarrada a ti, con la mejilla pegada a uno de los estampados de la camisa repitiendo en voz bajita “Me gustas tú”.
Cuando llegamos al chamizo allí están el resto de los chicos de la banda. Todos te admiran. Morirían por ti. Dejan de bailar sólo porque... (pincha aquí para ver el texto completo y seguir leyendo)

miércoles 1 de julio de 2009

La página de guardia

Me metí a guarda jurado porque en la garita podría leer todas las noches. Sólo en algunos momentos, ante la emoción de mi compañero describiendo los palos que había repartido en tal o cual sitio, me sentía obligado a soltar un sonido de admiración mientras pasaba la hoja del libro.
Una noche, después de terminar seis capítulos, Julio seguía sin volver de hacer la ronda; así que decidí mirar de reojo a través de la cámara de seguridad. Allí estaba él, afuera. Tenía el cogote más hinchado que de costumbre y retiraba a patadas unos cartones amontonados en la fachada del edificio.
Cuando de entre los cartones asomó un segundo brazo, la puerta de la garita ya había quedado abierta a mi paso y yo ya oía los quejidos cada vez más cerca. En cuanto nos tuvimos a la vista, Julio se detuvo. Miraba juntando las cejas el modo en que yo, en mi avance, llevaba al frente la porra, sujetada por ambas manos como si se tratara de un cirio. Sus orificios nasales venteaban bien abiertos; y por ahí sentí yo que mi voluntad se esfumaba.
―Apártate de él―dije todavía.
Me hizo caso. Ahora arqueaba la espalda hacia mí.
―Vamos ―empecé; desviando luego la dirección de la puntera de mis zapatos―, ¡Déjamelo a mí!
Agaché los ojos hacia el bulto del suelo, evité a Julio y elegí un muslo semicubierto por un cartón para descargar mi golpe. El consiguiente grito no fue mayor que el mío pidiendo a Julio que me cubriera desde la garita. Esperé durante un pestañeo hasta escuchar alejarse las pisadas de mi compañero, para entonces agacharme y levantar del pavimento una cara ennegrecida, a la que puse delante un billete azul que actuó como calmante. Con la misma cadencia de movimientos, cerré su puño en torno al billete, que quedó teñido entre sus dedos, y le icé por las axilas, sin que pudiera evitar mancharme al acompañarlo a un banco del otro lado de la calle.
Hice tiempo aseándome en el lavabo antes de llegar hasta la puerta entreabierta de la garita. Por la rendija vi algo que me tranquilizó. Julio estaba curioseando el forro de papel de cómic de mi libro.
―El interior es otro ―dije ya dentro con una media sonrisa―, muy diferente.
Se levantó pesadamente, de manera que no me costó esquivarle, agarrar el libro abandonado y darle la espalda en mi silla giratoria.
Un momento después noté en el hombro un cómplice apretón de su manaza.
Callado, me quedé releyendo varias veces la página que tenía delante, sin capacidad para pasarla.


© Ricardo Guadalupe

miércoles 24 de junio de 2009

Fruta desperdiciada

Entré sola a su apartamento en liberty city al día siguiente de que se la llevaran.
Un policía me había localizado y entregado sus objetos personales en una caja de zapatos, mientras me daba un pésame intercalado con el canturreo de los avisos que emitía su radiotransmisor.
Seguí las indicaciones del agente hasta encontrarme en un piso soterrado de un edificio situado a dos calles de la avenida Broadway. El suelo era de moqueta, y aquí y allá permanecían esparcidas naranjas y manzanas con las que debió rodar al caer muerta. Me imaginé las vueltas de las piezas de fruta y el simultáneo vaivén de su mirada de la pared al suelo y del suelo finalmente a la pared. Y entonces tragué saliva al darme cuenta de su última visión. Fotografías en blanco y negro empapelaban las paredes por completo; Imágenes de su juventud, ora en bikini, ora de largo, y en las que destacaban sobremanera sus ojos, de pestañas encrespadas, cejas tupidas, párpados firmes. Eran cientos de copias estáticas de sus ojos. Siempre anteriores a los veintitrés años, edad en que me tuvo a mí.
Mi tío estaba en lo cierto, mi madre y yo tuvimos de jóvenes los mismos ojos. Unos ojos que en mí, ella rehuía: Me hacía llevar gafas oscuras y castigaba de cara a la pared. También conseguía evitarlos en mi cuarto, donde sólo entraba con las luces apagadas. Pero una mañana los enfrenté a su mirada: Sentada sobre ella a horcajadas la desperté retirándole el antifaz que se ajustaba para dormir. Sus ojos de hucha vieron en los míos dos manecillas que giraban hasta poner en hora su propio reloj del tiempo. Creo que fue ese el día en que decidió desaparecer hacia las entrañas de liberty city.
Ahora volvía a ver sus ojos por medio de esas ajadas fotografías. Agaché, algo incómoda, la mirada, y salí del apartamento. Ya afuera, quise humedecer la garganta en un puesto de refrescos. Cuando abrí la cartera asomó el retrato de mi hija de diez años. Tiene mis mismos ojos. Aunque, afortunadamente, no los puedo apreciar bien. Dos certeros alfilerazos en la foto los agujerearon.


© Ricardo Guadalupe

miércoles 17 de junio de 2009

El hacedor

Tardé en decidirme qué libro escoger. Daba vueltas recreándome en el eco de mis pisadas. Finalmente arrastré la escalera hasta lo alto de un estante en el que destacaba un ejemplar de tapas rojas. Se llamaba “El hacedor”, de Jorge Luis Borges. La primera frase decía Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. Quise entonces conocer desde el principio el sentido de cada frase. Por eso busqué una definición detallada de la palabra biblioteca. El significado que reflejaba el diccionario me llevó a la de libro, y ahí paré en la acepción libro de caballerías, que rápidamente me hizo leer “Amadís de Gaula” y “El caballero Zífar”, donde aparecían algunas palabras cuya etimología quise averiguar leyendo a Marco Aurelio, que luego comparé con las meditaciones de Odiseo y de toda la literatura griega. Así me fue más fácil avanzar hasta el Barroco, pasando por el Renacimiento, conociendo la letra de los autores del siglo de oro español. Y no fue hasta el Costumbrismo cuando necesité encontrar la paz de los textos sagrados, la Biblia, el Corán o los manuscritos del Mar Muerto. Al fin estaba preparado para volver de nuevo a Borges. Muchos años habían pasado, y tuve que valerme de las gafas para distinguir apenas dos líneas más adelante la siguiente mención a Milton: A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores, a la luz de las lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Bajé de la escalera en descenso inestable y al rato ya tenía en mis manos “El paraíso perdido” y en la mesa esperaban Dante, el Mahabhárata, “Orlando furioso”,… Y me hubiera convertido en el lector perfecto, si no llega a ser porque nunca llegué a acabar “El hacedor”.


© Ricardo Guadalupe

miércoles 10 de junio de 2009

Memoria histórica

¿Y por qué hablar de ella, ahora, precisamente ahora... después de tantos años? Ahora que ya casi había conseguido olvidarla y creerme a pies juntillas la versión que nos dio aquel militar. Ahora que me había acostumbrado a recordarla por la foto en blanco y negro en la que me llevaba de la mano con esa sonrisa que tanto se parece a la mía. Precisamente ahora la tenían que desenterrar de una fosa común. Y a sólo un tiro de piedra de la casa de Toledo, por donde mis hijos echaban carreras con las bicis en agosto. Qué será de las mentiras que les conté. Dios quiera que mis hijos no me las echen en cara, ellos al menos tendrán una historia que contar. Yo sólo tenía una foto.


© Ricardo Guadalupe

miércoles 3 de junio de 2009

29 de febrero

No vayan a pensar que es otro de esos testimonios que se inventa la gente. Cuando lean esto en antena tengan por seguro que él estará escuchando.
Les contaré que no sé su nombre, pero sé que me vigila desde el 29 de febrero. Digo la fecha porque aún me cuesta aceptar que saliera yo aquella noche a mi blanquecino jardín. Además, al momento estaba echada sobre la tierra sin otra protección que mi piel; Lo que fuera con tal de aliviar la sensación de que el mero contacto con el aire bastaba para quemarme. Entonces fue cuando le percibí. Quizás en la oscuridad de alguna ventana vecina, o puede que agachado tras la valla; Incluso llegué a pensar que se hallaba dentro del jardín. Rápidamente me levanté y alcancé el interior de la casa, solté los hierbajos que aún llenaban mis manos y cerré la puerta. Así pasó la primera vez que le sentí. En adelante evité el jardín, pero de poco ha servido; Por la ciudad me observa desde el anonimato de cientos de caras superpuestas. Apenas doy la espalda ya me están mirando otros ojos, y si me detengo dispuesta a distinguir los de mi verdadero perseguidor, el vaivén del gentío pareciera un auténtico río de lava que no tuviera otro fin que el de vapulearme. Únicamente consigo ver su rostro en sueños, entre piedras cuyas aristas le precipitan en pleno movimiento de tierras. No sé por qué, es como si mi desconocido me siguiera hasta el punto de condenarse a correr mi misma suerte. Un sacrificio con el que no estoy dispuesta a cargar. Voy a salvarte, y salvarme a mí misma. Esta noche te esperaré en el jardín. Me acostaré sobre la hierba, y no pienso levantarme hasta que no entres y me despiertes.


© Ricardo Guadalupe