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martes, 5 de julio de 2016

Lorca desencadenado

Hilvanado con versos del maestro


Desnudo el grito, las orillas de la luna, la fuente fría, la flor ajada.
Desnudo estandartes y faroles, unicornios y cíclopes.
Hinojo, serpiente y junco.
Aroma, rastro y penumbra.
Aire, tierra y soledad.

Soy la poesía que anda por las calles, el olor que te sale de los pechos y las trenzas, cien luceros verdes, sobre un cielo verde.

Por el Arco de Elvira quiero verte pasar, sueño de trece barcos, rumor de siemprevivas, noche de cuatro lunas y un solo árbol.

Que florezca la rosa, no me dejéis en sombra, la poesía es el misterio que tienen todas las cosas, los corales tibios, la noche clara, los cañaverales y las sábanas de holanda.

Paso a vuestro lado, os sigo por el aire como una brizna de hierba, por las brisas de caña mojada, los montes imantados, los arroyos de leche blanca… Bajo de la nieve al trigo para saber tu nombre y ponerme a llorar.

Pero hay gente invisible que rodea perenne mi casa, un desierto de tallos sin una sola rosa. Sordas penumbras, capas siniestras, tercos fusiles que dejan fugaces remolinos de tijeras.

Si muero, dejad el balcón abierto. Que suenen las flautas en la tormenta, el gong de la nieve, el barco sobre la mar y el caballo en la montaña.

Apartad el biombo de días grises, descubrid un cielo de muslos blancos. Un Polifemo de oro baila con un pez del mar de la China un pequeño vals vienés por glorietas de caracolas.

Que no venzan las astas de ciervo enfurecido, los ojos arañados, el llanto oscuro que se aleja por un túnel de silencio. A la sombra del ciprés, tocad la guitarra, ese corazón malherido por cinco espadas. Abrácense los dos ríos de Granada, las páginas de los libros, las dos almas, las que no saben odiar y ¡ay! las que no saben, amor mío, por qué odian.


© Ricardo Guadalupe

lunes, 2 de marzo de 2015

Conjuro

Muertos de risa, muertos de sueño,
muertos de miedo, muertos de amor.
Muertos vivientes, me has dejao muerto.
Si de algo he de morir, el día de los muertos.

Como te mueras te mato, estás de muerte.
Por mis muertos que me muero de sed.
Muero de frío, muero de asco.
Vamos a morir todos, sin morir en el intento.

Ganar o morir, morir matando.
Muerto el perro muerta la rabia.
Morir o no, el club de los poetas muertos.
Morir sin ti, te quiero a morir.

Amas de casa mortificadas.
Listas de espera mortificadoras.
Colas de parados inmortales.
Mortadelo y Filemón, Martini Bianco.

La agüita amarilla de Los toreros muertos,
Los amores que matan nunca mueren.
Muerte en Venecia, Mortal y rosa.
Españoles, Franco ha muerto.

Escribir a muerte.
Soy hombre muerto, muerto de hambre.
Escribir después de la muerte.
Vivo después de la de ellos, viven después de la mía.

Nuestro conjuro es nombrarla, tutearla.
Tú, muerte, señora estirada, ridícula.
El asesino que hay en ti es el asesino que hay en mí.
Te mato porque eres mía, en tu nombre, con tu nombre.


© Ricardo Guadalupe

lunes, 17 de diciembre de 2012

Olvido

Olvido que la memoria es la que hace durar el tiempo,
Olvido que saber es recordar, y por extensión amar también.

Olvido, me descabezo, no miro hacia atrás, tampoco hacia delante.
Olvido de dónde vengo, a dónde voy, el aquí y el ahora, que no lo pienso, ni lo siento.

Olvido que estoy triste, olvido todo y a todos, para no estar aún más triste.
Olvido parar, tampoco sabría cómo hacerlo. Mi hogar no existe, mi memoria es una habitación de hotel.

Olvido atarme los zapatos y seguir mis huellas. Voy descalzo, cualquier pisada vale con tal de olvidarla mañana.

Olvido lo que me recordabas y si me recordabas algo. Detrás de tu nombre no está siquiera el sonido de tu eco.

Cae mi memoria, se derrama, mi armadura está agujereada.
Olvido y muero.


© Ricardo Guadalupe

lunes, 12 de noviembre de 2012

A Leonor

Un giro más, y otro, y otro más, no se cansa
Juega, salta, ríe, ella es la mirada que no puedes tocar
Son las lucecitas de sus poros lo que puedes ver
Y sientes que el suelo gira en cada giro
Ella lo mueve a su voluntad

Verdes, rosas y amarillos, colores que él sólo podía pensar
Ella le cierra los ojos para verlos
Le lleva a descubrir la anatomía de las palabras
Juntos pasan las manos sobre la tinta
Se manchan las manos de barro, fruta y savia

Leonor y Machado, Machado y Leonor
Ella le quita el abrigo y se lo pone del revés
El sacude la cabeza y comienza a llover
La poesía empapa el vestido de Leonor
El viento vuela el sombrero de Machado

El sombrero aparece en el pecho del poeta
La razón se ha derretido llenándolo de agua
Ella se lo bebe a grandes tragos
La poesía toma cuerpo
El nunca había imaginado sentirse tan joven

La vida explota hasta el límite de la muerte
El tiempo gira a la velocidad de la luz
La juventud no teme a la oscuridad
Y el amor no teme a nada
Por eso es capaz de perdurar cuando todo lo demás se apaga

Leonor no murió
Qué es el pasado cuando puedes besarlo
Cuando puedes hacer el amor con él
Antonio, el hombre, inventó una partitura eterna
La arena de su felicidad con Leonor no cabe en un reloj

Y tú, recostado en la playa del recuerdo
El agua salada moja tus pies
Y ni siquiera eres consciente de estar en Soria
Que la mano de Leonor te ha tocado la espalda
Que el suelo gira y que lo haces girar


Este poema me lo han publicado en sorianoticias.com con motivo del primer centenario de la muerte de Leonor Izquierdo, mujer de Antonio Machado.

miércoles, 13 de enero de 2010

Besarte

Nuestros labios se rozan, se saludan.
Percibo cierto sabor salado mezclado con el del cacao que te pusiste por la mañana antes de salir.

Después se aprietan, se humedecen,
se resbalan, se separan y vuelven a chocar.
Se recorren sus suaves y maleables contornos,
nexos de unión por los que nos cedemos las voluntades,
fundiéndolas en una sola.

Mientras mis labios ejercen de lo que son,
decenas de imágenes se agolpan en mi mente:
plastelina de colores, pompas de jabón, algodón dulce,
un cielo más azul, sonrisas blancas a conocidos y desconocidos.
Y yo, sintiéndome joven de nuevo.


© Ricardo Guadalupe

miércoles, 9 de septiembre de 2009

De vida y vuelta

Nacemos respirando agua en el vientre materno.
Luego somos lanzados al río.
Entonces la peonza traza el primer círculo de la espiral.

La corriente nos impulsa a 7 metros por segundo.
Sincronizamos nuestros momentos de inercia,
lo que nos hace responsables de un sentido colectivo del cauce,
en el que diluimos nuestro sentido individual de responsabilidad.

El carácter diferenciador de cada uno
está iluminado por antorchas mojadas.
Creamos la necesidad de hacer cadena
y formar equipos que llamamos familias.

Como si de piedras en los bolsillos se trataran,
nos desprendemos de ilusiones y deseos.
Y así, desnudos, despellejados y ya predestinados
somos escupidos finalmente a una tierra de caminos de cemento.
Tan gélida que el mar baja su nivel para huir de ella.

La peonza ha completado otro giro,
estrechando el diámetro del círculo.

Estoy desorientado, el camino se ha tornado en laberinto,
flanqueado por altos muros que ocultan el cielo.
Soy como un bosque cerrado cuyo lecho no besa la luz del sol.

Mi paso es el de las manillas del reloj,
que marcan que mi cuerpo está ya de vuelta
aunque mi mente esté aún de ida,
frenada en la pregunta de si hay vida antes de la muerte.


La respuesta ha venido bailando con la peonza,
levantando un remolino de violetas y lavanda,
hasta que tras una nueva vuelta
queda frente a mí
y respiramos el mismo aire.

El reloj se paró, el disco se rayó en la palabra wonderful.
Y giramos, no para mirarnos a los ojos,
sino para mirar los dos en la misma dirección.

Con el giro cedió la rosca del tarro de las esencias,
y comenzó sobre tu piel el rodar de un rodillo
que la tiñe de color azul,
haciéndome comprender en ese momento
por qué el cielo y el mar son de ese color.

Empezamos a desandar lo recorrido,
en busca del mar:
línea de encuentro con la Naturaleza.

Tú eres la que ha quitado el vaho del espejo en que me observo,
la que me ha liberado de mi molde.
Me siento como un sordomudo al que han desatado las manos.

Ahora somos una cítara de dos cuerdas,
que vibran y se embriagan de su música,
cuyas notas repiquetean el sonido de la frase
"nunca seremos tan jóvenes"

¿Quién soy? Tú me defines; Soy TuYo
La peonza ha encontrado el corazón de la espiral.



© Ricardo Guadalupe

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El autómata

Inspiro y espiro
Inspiro y suspiro
Inspiro, inspiro y aguanto la respiración.

Al principio todo es calma y quietud
siento los latidos como si un reloj
estuviera marcando el paso del tiempo.

Comienzo a soltar el aire
y con él los recuerdos.

Empiezan a estrangularse mis pulmones.
Trago saliva y me concentro en el momento en que,
cuando era pequeño, me arranqué de un portazo
una muela que tenía atada al picaporte.

Mi vida y mi muerte mantienen un pulso.
Ante mi boca una gran ola de aire espera para romper
y continuar su ir y venir inundándome y secándome después.

¿Qué ocurriría si todo se detuviese,
si los anillos de Saturno dejaran de rotar,
si los ñus del Serengeti dejaran de migrar,
si dejara de desear cosas imposibles?

Mi resistencia expiró y la gran ola de vida se precipita dentro de mí.
Poco a poco la máquina normaliza su funcionamiento.
El autómata ganó el pulso con su principal arma: La ignorancia.


© Ricardo Guadalupe

miércoles, 26 de agosto de 2009

Libertad

Compré un billete de ida
para abrir las puertas,
encontrarme en extensas praderas,
ser agitado por el batir de las aves
y extender los brazos hacia delante.

Pero sin soltar la maleta de la memoria,
para embarcar sin des-pegar,
e ir sin partir.

Y aún así, cambiar,
de forma natural,
y llegar a ser yo,
sin mis circunstancias.

Y busqué el grial de la libertad.
Vivir sin morir,
soñar sin dormir,
causa sin efecto.
Y comprendí lo que significaba Ser.

Pero también me cuestionaba
¿No poseer para no perder?
¿No mirar para no prenderme?
¿No amar para no ser dos?
Y entonces encontré el significado de No Ser.

Y encargué un billete de vuelta a los sentidos,
y descargué toda la libertad acumulada
para aferrarme a la tierra,
necesitar dar y recibir
y entregarme a Ella.

Ciclos de libertad.
Atarse para desatarse
y volverse a atar.
Todo para no ser presos
ni de la libertad.


© Ricardo Guadalupe