miércoles, 24 de junio de 2009

Fruta desperdiciada

Entré sola a su apartamento en liberty city al día siguiente de que se la llevaran.
Un policía me había localizado y entregado sus objetos personales en una caja de zapatos, mientras me daba un pésame intercalado con el canturreo de los avisos que emitía su radiotransmisor.
Seguí las indicaciones del agente hasta encontrarme en un piso soterrado de un edificio situado a dos calles de la avenida Broadway. El suelo era de moqueta, y aquí y allá permanecían esparcidas naranjas y manzanas con las que debió rodar al caer muerta. Me imaginé las vueltas de las piezas de fruta y el simultáneo vaivén de su mirada de la pared al suelo y del suelo finalmente a la pared. Y entonces tragué saliva al darme cuenta de su última visión. Fotografías en blanco y negro empapelaban las paredes por completo; Imágenes de su juventud, ora en bikini, ora de largo, y en las que destacaban sobremanera sus ojos, de pestañas encrespadas, cejas tupidas, párpados firmes. Eran cientos de copias estáticas de sus ojos. Siempre anteriores a los veintitrés años, edad en que me tuvo a mí.
Mi tío estaba en lo cierto, mi madre y yo tuvimos de jóvenes los mismos ojos. Unos ojos que en mí, ella rehuía: Me hacía llevar gafas oscuras y castigaba de cara a la pared. También conseguía evitarlos en mi cuarto, donde sólo entraba con las luces apagadas. Pero una mañana los enfrenté a su mirada: Sentada sobre ella a horcajadas la desperté retirándole el antifaz que se ajustaba para dormir. Sus ojos de hucha vieron en los míos dos manecillas que giraban hasta poner en hora su propio reloj del tiempo. Creo que fue ese el día en que decidió desaparecer hacia las entrañas de liberty city.
Ahora volvía a ver sus ojos por medio de esas ajadas fotografías. Agaché, algo incómoda, la mirada, y salí del apartamento. Ya afuera, quise humedecer la garganta en un puesto de refrescos. Cuando abrí la cartera asomó el retrato de mi hija de diez años. Tiene mis mismos ojos. Aunque, afortunadamente, no los puedo apreciar bien. Dos certeros alfilerazos en la foto los agujerearon.


© Ricardo Guadalupe

13 comentarios:

Ricardo Guadalupe dijo...

Escribí esta historia para así presentarme a un concurso cuyos microrrelatos debían estar inspirados en el relato corto de Lorezo Silva “Liberty City”. Y lo cierto es que no encontré mucha inspiración en ese relato, que, todo sea dicho, no me gustó. Pero sí se vio colmada mi inspiración al recordar la figura de mi madrina Lila. Por muy duro que pueda sonar, ella encarna este texto.

Amaia dijo...

Vaya Ricardo,es un texto fantástico,de lo mejor que te he leído,viva la inspiración entonces.
Feliz verano!

Alejandro Kreiner dijo...

Al llegar la muerte los recuerdos afloran.

Saludos.

graze dijo...

iiiics... la imagen de la foto con los ojos agujereados...

Lala dijo...

Es un texto muy duro, sí, sí!
Es posible que existan esos celos o envidias entre madres e hijas, o padres e hijos?
Es sobrecogedor!
A mi me ha parecido un relato fantástico! ;)


Un beso



Lala

Trenzas dijo...

A mí también me has inspirado, o mejor, hecho recordar algo de lo que me avergüenzo desde que lo hice. Sólo tenía 5 o 6 años, pero...
Lo he puesto en el blog, nombrándote. Espero que no te importe.
En cuanto al relato en sí, es estupendo y vista mi experiencia, sé que puede ser muy cierto :)
Nada inspira más que la realidad ¿no es cierto?
:)
Un abrazo ¡y muchas felicitaciones!

Luzdeana dijo...

Muy bueno tu relato, Ricardo, pocas cosas tienen la fuerza de una mirada. Esos ojos que juzgan, condenan o salvan, que nos llevan al cielo o a las tinieblas, siguen siendo uno de mis temas favoritos de inspiración.
Suerte con tu concurso, que te la mereces.
Un beso.

mi nombre es Alma dijo...

Ver como tus hijos tan parecidos a ti, crecen, te hace envejecer. Lástima que a algunos/as envejecer no les parezca natural.

Saludos, estupendo texto

ALEX B. dijo...

El miedo a envejecer, aveces es mayor hasta al miedo a la muerte.
me ha gustado el relato.
Gracias por visitarme , yo tambien te visitaré con tu permiso.

Beatriz dijo...

Tus relatos son verdaderas imágenes. Precioso. Desgarra ese paso del tiempo.
Mi más sincera enhorabuena

Poli dijo...

cuando los ojos recuerdan a un amor, o al dolor de ese, a una ausencia...
es difícil volver a mirarlos.


Besos!
Fuerte el relato.

Ricardo Guadalupe dijo...

Tal como dice Alma, hay que aceptar el ciclo de la vida. Eso evitaría, entre otras cosas, que se puedan producir celos entre padres e hijos, puesto que, Lala, me temo que sí que se producen.

Otro asunto es el de la muerte, que como señala Alejandro, siempre despierta recuerdos. Y qué mejor prueba que ahora con la muerte de Michael Jackson.

En cuanto al relato en sí, Poli, sé que es fuerte, y Graze, entiendo que te haya hecho rechinar los dientes la imagen de la foto con los ojos agujereados. De hecho, en un taller de escritura la profesora me recomendó suavizar ese final, y lo hice, pero más tarde comprendí que la esencia del relato tenía más que ver con el final original y lo reescribí retomando la imagen de los alfilerazos. Además, ya veis que esas cosas ocurren en la realidad, que tan a menudo supera a la ficción, y con un significado detrás bastante sobrecogedor. Como el caso que cuenta Trenzas en el actual post de su blog. Gracias, Trenzas, por nombrarme en dicho post, es todo un honor, ya sabes que soy fiel seguidor tuyo, y ya desde hace casi un añito… Yo también contemplé unas fotos con los ojos agujereados, pero no por mí. Fue un hecho que vino a mostrar la envidia encubierta de la mejor amiga de una chica del pueblo de mi adolescencia llamada Vanesa, cuyos ojos aparecieron agujereados en todas las fotos que tenía en su habitación tras estar en ella “su amiga”. Esto es algo que recordé a la hora de escribir el relato. Y sí, Beatriz, cuando escribo me baso mucho en lo visual y en las imágenes, acertaste de pleno, muchas gracias por tu crítica.

Ricardo Guadalupe dijo...

Luzdeana, el tema de los ojos es muy interesante. Una mirada parece tener el poder de tocarte, como cuando te vuelves sin motivo aparente y te encuentras con los ojos de alguien que te está mirando, unos ojos que no han necesitado del sonido o el tacto y que en cambio has sentido y han hecho que te vuelvas. Supongo que si elegí ese protagonismo de los ojos en este relato es porque son el más auténtico mapa del tiempo. No se puede disimular la edad en los ojos y la mirada.

Amaia, feliz verano para ti también. Y Alex B., gracias por tu visita y, por supuesto, no dejes de volver, las puertas están abiertas.